ADELANTE RADICALES (II)
24 feb 2010 Arte y Cultura, Comunicación, DERECHOS HUMANOS, Educacion, HISTORIA, Notas semanales, Política Nacional
Adelante radicales: (y el pueblo al abismo)
Por Raúl Isman *
Segunda Parte
“El aluvión zoológico del 24 de febrero parece haber arrojado a algún diputado a su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos”. Alusión a los trabajadores movilizados el 17 de octubre de 1945 y que votaron por Perón el 24 de febrero de 1946.
Se trata de la frase fundacional del gorilismo argentino (pre) contemporáneo. Ernesto Sanmartino. Dirigente radical.
“Los mejores políticos son los que se enfrentan a esos poderes cerrados, permanentes y ocultos; por supuesto que terminan siendo los políticos más atacados desde esos poderes y -por ello- los que son vistos como supuestamente conflictivos”.
Roberto Follari. Ensayista y docente.
Entregolpes II
De la fusiladora a la caída de Illia: Los antecedentes del golpismo Coboradical destituyente o el huevo de la serpiente
Introducción
En las presentes notas proseguirá el sintético derrotero histórico acerca de la trayectoria de la U.C.R iniciado en la primer parte del presente trabajo. Si el ocasional lector desconociere el primer segmento puede acceder a él desde diversos links en Internet. Algunos son los siguientes:
http://www.redaccionpopular.com/content/adelante-radicalesy-el-pueblo-al… o
http://apu001.blogspot.com/2010/01/adelante-radicalesy-el-pueblo-al-abis… o
http://operativoretorno.blogspot.com/2010/01/adelante-radicales-y-el-pue…
Realmente resulta por demás complejo, doloroso y tal vez muy complejo de explica que una fuerza nacida primigeniamente para defender el derecho democrático a decidir su destino del pueblo argentino se haya caracterizado por una trayectoria menos ambigua que abiertamente golpista durante el conjunto de la etapa iniciada con el golpe 1955 y que llega al corriente 2010. En el presente texto se analiza la etapa 1955-1966, quedando la época que va desde el último año citado hasta la actualidad para un tercer capítulo. Pero lo cierto es que, en rigor de verdad, nada hay completamente inexplicable para las ciencias sociales. Por lo tanto, en el presente texto se intentan algunas conjeturas para responder a los interrogantes precedentes. En efecto, la trayectoria histórica de la U.C.R. osciló desde la transigencia deleznable hasta la complicidad abierta con cuanto golpe militar azoló a nuestro sufrido pueblo; aún cuando el depuesto fuere un gobierno radical (1966, presidente Arturo Illia) o las víctimas de la furia dictatorial militantes del propio partido; como el diputado Mario Amaya, desaparecido, luego reaparecido y poco después muerto a consecuencia de las torturas sufridas en las clandestinas mazmorras dictatoriales. Ni frente a su cuerpo yacente y martirizado fue posible extraerle al dirigente partidario Ricardo Balbín una sola declaración crítica contra la peor dictadura que sufriera el país. Por no hablar de cómo el partido proporcionó un porcentaje significativo de cuadros gubernamentales a la gestión de la más nefasta tiranía militar que depredase nuestra patria. La causa fundamental de semejantes desviaciones es, sin dudas, la muy escasa consecuencia (radicalidad) demostrada por el partido a lo largo de toda su historia. Y mucho más en momentos álgidos. La otra fuerza política masiva en nuestra argentina, el peronismo, si bien no puede exhibir conductas por completo alejadas de actitudes golpistas y autoritarias; al menos en instancias muy complejas de la vida política nacional supo, en sus vertientes mayoritarias, colocar la defensa de la democracia muy por encima de los intereses partidarios. Nos referimos a la asonada golpista de semana santa del 1987, en tiempos de la presidencia del doctor Raúl Alfonsín. Otro fue el caso de la U.C.R, que- frente al vendaval destituyente planeado desde antes de la elección presidencial del 2007 y desencadenado abiertamente un trimestre después- no sólo no lo denunció ni apoyo al gobierno democrático, sino que puso a disposición de los golpistas el aparato partidario, los espacios institucionales y parlamentarios, lugares más que expectantes en las listas para el comicio posterior y una prédica cuya finalidad evidente era darle cauce a los designios del poder real. Tales objetivos consistían en que la soberanía (política) del estado no pudiera ponerle límites a la reacción económica. Uno de los modos de los que se valió la derecha para lograr sus propósitos fue el triste papel de la U.C.R como comparsa al servicio de invisibilizar la propia existencia del citado poder económico. Lo dicho es una de las cuestiones nodales del conjunto del quehacer político. O para decirlo de otro modo: la piedra de toque de una orientación favorable al pueblo es ayudar a crear un estado con capacidad de intervención en la economía favoreciendo a los sujetos subalternos. En el muy prolongado golpe de estado que la derecha desarrolla contra el gobierno nacional y contra el pueblo la U.C.R. no se equivocó y- una vez más- se coloca en la vereda de enfrente y contra los intereses nacionales y populares. No hay dudas que semejante opción no puede ser casual. Por otra parte, en el presente trabajo se omite polemizar acerca de la concepción movimientista, común tanto al radicalismo, como al peronismo. La densidad de la temática, tal vez amerita ejercicios de escritura posteriores. Mientras nos preparamos para esas estimulantes polémicas, volvamos a la historia para corroborar si nos asiste la verdad en las ideas que anticipábamos acerca de la U.C.R..
La fusiladora: juguemos en El bosque mientras el lobo no está
Los comicios previos al golpe contra el presidente Perón del 16 de septiembre de 1955 mostraron al conjunto de la oposición- en especial la U.C.R.- que el peronismo parecía ser invencible en contiendas electorales. De modo que se les presentaba una opción de hierro. O bien serían constantemente oposición o, en su defecto, la posibilidad de acceder al gobierno se realizaría forzosamente por vía, no muy democrática ciertamente, de un golpe militar. Es sabido que la segunda opción fue la elegida. La U.C.R. apoyó de modo entusiasta el golpe y muy especialmente, su segunda etapa; la presidida por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Rojas. Ambos uniformados constituían en aquellos momentos lo más selectamente gorila del espinel militarizado de nuestro sistema político. Así como Ricardo Balbín, el citado en el epígrafe Ernesto Sanmartino y otros dirigentes lo eran en la franja civil. Desde la organización de comandos civiles hasta la participación en elecciones proscriptivas y la complicidad con gravísimos hechos de terrorismo de estado (que mencionaremos un poco más adelante), nada de la política gorila dejó de ser intentado y realizado por la U.C.R. Para un análisis histórico realizado con cierto detalle y no exento de humor acerca del gorilismo véase nuestro artículo acerca de la referida temática en
http://www.avizora.com/atajo/colaboradores/textos_raul_isman/0002_retorn…
Pero ciertamente no puede omitirse que con este golpe comenzó la etapa de inestabilidad democrática contemporánea de la Argentina, causada en que el poder real pretendió gobernar al país (fingiendo) como si el peronismo no existiera. En semejante desatino es difícil discernir si la U.C.R pretendió aprovechar la situación o fue directamente causante de tan antidemocrática orientación. Pero no cabe ninguna duda que estuvo muy lejos de oponerse.
Durante el trimestre que el país fue conducido por el General Eduardo Lonardi, la inercia impidió que se desencadenase toda la furia antiperonista que la coalición gorila había acumulado durante la década del primer justicialismo. Recordemos que el gorilismo se origina en el odio generado por el peronismo; en razón de los indudables logros conseguidos por las masas populares en el período 1943-1955. La reacción deseaba que los sectores populares se condujeran de modo por completo subordinado al poder y no reclamasen incesantemente por los viejos y nuevos derechos a los que se consideraban merecedores. Tal es la causa del furor antiperonista que anima a la oligarquía, que llegaba a pintar “Viva el Cáncer” en las paredes callejeras de los barrios acomodados, mientras Eva Perón agonizaba por causa de la cruel enfermedad. Claro que la furia gorila era ocultada tras una jeringoza republiquienta. Cualquier semejanza con la realidad actual no es casualidad permanente. Otro de los orígenes era la conciencia de inferioridad del partido radical; ya que Perón les había demostrado por vía práctica que para solucionar los reclamos de los peones rurales; mejor que enviar ejércitos genocidas era resolver a favor de los trabajadores sus conflictos y reivindicaciones. Las recién mencionadas son respectivamente las causas sociales del origen del gorilismo: el odio de la oligarquía porque los sujetos subalternos se sentían protegidos por los sindicatos y el gobierno peronista y la falta de conciencia de los destacamentos de clase media, cebada y estimulada por el discurso radical, que no veía otro enemigo para los pequeño burgueses que la fuerza nacida el 17 de octubre de 1945. Tal como han señalado diversos teóricos de la izquierda nacional, la alianza plebeya entre los sectores populares (referenciados en el peronismo) y las clases medias (en general, ligadas a la U.C.R.) constituye lo central del frente de liberación nacional y social imprescindible para que el pueblo argentino realice sus tareas más significativas. Al sembrar odio contra los peronistas, la U.C.R. demostraba su extrema funcionalidad a las necesidades del poder real.
Trascurrido el trimestre de Lonardi (que fue sólo fue para velar las armas), al asumir Aramburu y Rojas se ilegalizó y proscribió al peronismo y al conjunto de instituciones relacionadas con el movimiento. Inclusive, se llegó a prohibir la sola mención al propio Perón y de todo vocablo afín al justicialismo. También fue intervenida la C.G.T., robado el cadáver de Eva Perón y desconocido su paradero durante más de tres lustros, un grupo de militantes peronistas fue asesinado de modo totalmente ilegal (en el penal de la Avenida Las Heras y en los basurales de José León Suárez), entre otras aberraciones. Tamaños atropellos no recibieron crítica alguna de la U.C.R. Una vez más: ¿Fuerza democrática y republicana?
La condición de libertadora de la revolución, tal vez, halla su máxima contradicción en el decreto 4161/56 (al que aludíamos poco antes) que prohibió la sola mención de cualquier vocablo relacionado al peronismo; como Perón, Evita, Peronismo, Partido Peronista y otros. Por cierto que la extraña orientación se da de patadas con la condición de cancerberos de la libertad que se habían (auto) adjudicado los autores de la iniciativa. Desde el punto de vista eminentemente práctico, es casi obvio que, si hay libertad, no puede prohibirse ni el funcionamiento legal ni la mención de dirigentes políticos, partidos o centrales laborales. Y desde un punto de vista más teórico, las condiciones de la auténtica libertad residen en el ejercicio, sin restricciones ni limitaciones, de todas las facultades del lenguaje. Ser, sentirse, pensarse, mencionarse peronistas era la marca de identidad del conjunto de las masas trabajadoras. Producir la interdicción del movimiento nacido en 1945 era una más que autoritaria intervención, cuyo objetivo no era otro que despojar de libertad al pueblo argentino. Salvo que se quisiere delimitar ciudadanos decentes (los antiperonistas) merecedores de los dones de la libertad y reducir a los peronistas a la animalidad por su propia condición. Ningún demócrata ni militante contra la opresión podría avalar semejante atropello basado en una manipulación maniquea tan vulgar. A condición que no fuera de la U.C.R. partido que militó entusiastamente por el golpe y en el aval de las reaccionarias iniciativas tomadas por los fusiladores. Lo dicho ya en infinidad de ocasiones, el republicanismo y la condición democrática deben ser refrenados por los hechos.
Por otra parte, el título del parágrafo (juguemos en el bosque mientras el lobo no está) hace alusión al hecho que la proscripción del peronismo resultó la oportunidad soñada por la totalidad de la U.C.R para poder acceder al gobierno. Y tan fue así que determinó la división del partido en función del modo de implementar dichos apetitos de poder. Para que no queden dudas, ningún sector importante del radicalismo planteó posición crítica alguna acerca de los citados despropósitos ni le preocupó la necesidad de restaurar la auténtica democracia, sin proscripciones.
Una franja más que importante del radicalismo pasó a denominarse Unión Cívica Radical del Pueblo (en adelante, U.C.R.P., su máximo dirigente era el doctor Ricardo Balbín) y postulaba a rajatabla la proscripción del peronismo con el “democrático” objetivo de pretender acceder al poder político; mientras el lobo que les ganaba las elecciones no pudiere presentarse. El rústico razonamiento fue superado en capacidad “maquiavélica” para construir opciones de poder por la otra fracción radical, denominada intransigente (en adelante U.C.R.I. máximo referente Arturo Frondizi). Este sector comisionó un enviado a Caracas- ciudad donde se hallaba exiliado Perón- a fin de negociar un acuerdo que le permitiera al candidato en la elección presidencial de 1958 por la U.C.R.I., el citado Frondizi, aspirar al “pozo” vacante de los votos peronistas. Cierto es que los separaban también miradas acerca del modelo económico a implementar en el país. La U.C.R.P. había tomado gran parte del diseño económico del peronismo. De semejante modo completaba su estrategia (juguemos en el bosque) defendiendo la exitosa orientación económica que el partido había combatido con reaccionaria tenacidad mientras Perón gobernaba. Por su parte, la U.C.R.I. acordaba en la creación de manufacturas de elevada composición orgánica de capital (es decir, con maquinaria sofisticada y que apuntase a desarrollar la producción de bienes llamados de capital). Para estas nuevas ramas económicas, la U.C.R.I. postulaba la llegada de capital extranjero; ya que juzgaba insuficiente al ahorro nacional. La orientación descripta conectaba orgánicamente al frondicismo con el imperialismo, que alentaba por aquellos años la llamada teoría del desarrollismo. Tales ideas, muy en boga a fines de los ’50 y comienzo de los ’60, postulaban la falacia que la diferencia entre países desarrollados y subdesarrollados era una cuestión apenas de escalones que los segundos no habían subido. Y en realidad se ocultaba que la relación entre los dos grupos de formaciones nacionales mencionados incluía necesariamente la subordinación de los periféricos por parte de los países centrales. Esperar que capitales provenientes del centro del imperio remediaran esta situación podía ser mencionado como una profunda ingenuidad, si no fuera en realidad pura complicidad con los centros de poder económico mundial.
Pero en el presente texto nos interesa mucho más la política que la economía; de modo que queda claro de modo irrefutable la profunda orientación antidemocrática de ambas fracciones radicales, motivada en la necesidad de aprovechar la proscripción peronista para acceder al gobierno. Es que esta fuera de toda duda que ningún hemisferio radical podía (por aquellos tiempos) contar entre sus aspiraciones ganar elecciones en comicios realmente democráticos sin que mediase la prohibición del peronismo.
El periodo 1955-1973 (aunque hay autores que la acotan algo más en el tiempo) fue denominado la época de la resistencia desde ámbitos historiográficos y políticos cercanos al peronismo. La lucha sindical se concatenó con métodos armados; lo cual significó la represión estatal sin respetar- como es de rigor- la ley. Las dos fracciones radicales, como se dice en arte dramático, hicieron mutis por el foro frente a los citados atropellos a los derechos humanos y a la calidad de las instituciones democráticas.
Desde el punto de vista sindical, el juego en el bosque durante la ausencia del lobo se repitió desde la intervención de la C.G.T.. Los destacamentos gremiales ligados a la U.C.R. creyeron llegada su hora cuando la legítima representación (peronista) de los trabajadores se hallaba interdicta. Pero no contaron con la opinión de los propios laburantes, que tozudamente volvieron a construir una dirección en los sindicatos de clara raigambre peronista cuando tuvieron posibilidades legales. Mientras tanto en el mundo del trabajo como en toda la sociedad se verificaba una situación de gorilismo harto ingenuo. Es que tanto los dirigentes políticos “libertadores” como sectores de la opinión pública participaban de la angelical idea que los peronistas lo eran porqué habían sido “engañados” en su buena fe por el demagógico líder, que ya exiliado carecía de mecanismos para seguir con sus “diabólicas” orientaciones. De manera que sólo era cuestión de tiempo la desperonización de las masas. Por el contrario de semejantes ideas, lo cierto es que los sectores populares se habían constituido identitariamente como peronistas en razón que el gobierno de Perón no era (sólo) el que más había beneficiado a los sumergidos. Se trataba del único que había diseñado un modelo económico en que los sectores populares podían aspirar a ser algo más que furgón de cola oprimido. En el diseño de país impulsado por Perón, el mercado interno era una fuerza económica central. Lo cual coadyuvaba para que los trabajadores (y sus sindicatos) tuvieran un protagonismo incuestionable. Por cierto que este reconocimiento no niega que en la Argentina peronista (como en cualquier sociedad capitalista) existiere la explotación del hombre por el hombre. Pero lo cierto es que las opciones concretas no eran entre la economía capitalista y una sociedad socialista; si no que se daban entre modelos diferentes de capitalismo: es decir o la Argentina 1946-1955 o la vuelta en lo central al predominio sin límites de la oligarquía. Tales opciones convertían a Perón y a lo mejor de su movimiento en la verdadera izquierda de la Argentina. Por ello, mientras el peronismo supo conservar tal posición resultó imbatible. Por el contrario, cuando se ubicó en la franja diestra de la política argentina perdió nítidamente las elecciones presidenciales de 1983 y 1999. La única excepción a la mencionada “ley” fue el comicio legislativo del año 2009 en el que lo mejor del justicialismo fue vencido… por la derecha peronista en la provincia de Buenos Aires.
Llegado al gobierno (Frondizi 1958-1962), su gestión se halló jaqueada desde un principio por la presión de los militares, el desencanto de sus votantes más progresistas y la combatividad del peronismo (“dueño” real de los votos del presidente) en su lucha por conquistar la legalidad.
Las fuerzas armadas- autoerigidas en control autoritario del poder en razón de los conflictos propios de la guerra fría- hostigaron desde un primer momento al presidente, le impusieron ministros y orientaciones fundamentales, lo obligaron a anular elecciones en la provincia de Buenos Aires y finalmente lo depusieron sin más trámite. Ninguna de las dos fracciones radicales cuestionó el anticonstitucional papel- enmarcado a su vez en las contradicciones de la guerra fría- desempeñado por los uniformados durante aquellas complejas circunstancias.
Por su parte, el ala juvenil de la U.C.R.I se manifestó desencantada por la apertura privatizadora (aunque semejante expresión resulte fuera de tiempo) realizada por Frondizi al abrir al capital extranjero el campo de la exploración petrolífera. También el presidente realizó una apertura hacia la educación universitaria de carácter privada, completamente por fuera de los programas electorales. Por las razones apuntadas el nombre del presidente quedó asociado por bastante tiempo con el acto de traición. Lo dicho en la primera parte, las prácticas de Judas son consustancialmente radicales, como demostró una vez más Cobos cierta noche del año 2008.
En lo referente a los sindicatos, Frondizi había dado cumplimiento a una de las cláusulas del acuerdo con Perón al impulsar una Ley de Asociaciones Profesionales (sindicatos) que recomponía lo central del modelo peronista en la materia. Así, la conducción de la mayoría de las organizaciones de trabajadores fue ganada por seguidores del líder exiliado. Los dirigentes gremiales no peronistas vieron confinada su figuración a los destacamentos de trabajadores más ligados a las clases medias (docentes, bancarios, administrativos). Por otra parte, la pretensión del poder económico residía en pretender reducir de modo drástico el poder adquisitivo del salario: lo cual era coincidente con los gobernantes durante la totalidad del período correspondiente a los años 1955-1963. Los fusiladores por causa de su vinculación orgánica con la oligarquía y los desarrollistas por su proyecto de fomentar una industria de base (que no necesitaba en principio un mercado interno muy fuerte) coincidían en la necesidad de empobrecer a los trabajadores. De modo que en la oposición a semejantes designios del poder se realizó por aquellos tiempos amalgamando la lucha- realizada centralmente desde los sindicatos- en defensa del salario real y contra los intentos de proscribir y liquidar al movimiento peronista. Fueron de hecho, dos caras de la misma moneda.
Luego de la caída de Frondizi (que incluyó una poco lucida comedia de enredos por el sucesor presidencial) y presidido el país por el títere de las fuerzas armadas José María Guido, se verificó en el país un grotesco aquelarre que pasó a la historia como disputa entre azules y colorados. Tal era el nombre que recibieron las dos fracciones militares que disputaron por poco tiempo el poder. Se trataba, como diríamos hoy, de una interna intra-gorilas. Los colorados constituían la más fundamentalista opción anti-peronista que (en el marco de lo más demencial de la guerra fría) no diferenciaba a los seguidores de Perón de los de Marx, Lenín, Stalin, Mao o Trotski. Las pesadillas de los integrantes de semejante corriente pasaban por (un inexistente) Perón retornando a la Rosada en el marco de una campaña guerrillera impulsada por descamisados corridos muy a la izquierda. Se trataba ni más ni menos que de un delirio más cercano a la patología psiquiátrica que a la politilogía. Los azules no eran menos gorilas, pero si más racionales. Y se daban cuenta que era imposible liquidar al conjunto del peronismo. Por lo tanto, impulsaban un progresivo acercamiento a sus alas mas moderadas (derechistas) aconsejados por el entonces no tan viejo golpista Mariano Grondona, redactor del célebre comunicado 150, que acompañó con su asesoramiento el triunfo de la banda azulada.
Producido el desenlace en la bizarra contienda, se realizó una salida electoral condicionada por la proscripción peronista en la que se impuso el candidato de la U.C.R.P. Arturo Illia con un muy exiguo porcentaje electoral, que determinó la debilidad del nuevo gobierno. En la ocasión, Ricardo Balbín no fue el postulante del partido porqué estaba convencido que no podría ganar. Pero lo peor fue que impulsó una sorda oposición radical al ejecutivo, que menos de un trienio después sucumbió asilado, debilitado e impotente frente al golpe encabezado por el General Juan Carlos Ongana. El anciano médico cordobés tenía buenas intenciones. Pero adolecía de una profunda debilidad de origen, ya que había obtenido aproximadamente un cuarto de los votos. Y las fuerzas que lo enfrentaban eran imbatibles para todo radical. Los grandes empresarios como la oligarquía (el poder real), los militares, los sindicalistas peronistas de orientación vandorista y hasta el propio partido radical. fueron un entramado de fuerzas tan poderosas cono invencibles para el débil Illia. La enclenque “democracia” (nos resistimos a quitarle las comillas en razón de la proscripción del peronismo) no mereció apoyo de Balbín quien habría dicho refiriéndose al advenimiento de Onganía: “mejor que haya sido así, porque este gobierno se iba a hundir arrastrando al partido”. (Contratapa de Página 12 del 28-06-06.). Para una ampliación de lo dicho recién, véase un artículo sobre la citada temática en http://raulisman.blog.terra.com.ar/2006/06/
Lo dicho, el anciano presidente caído había demostrado buenas intenciones al permitir que el peronismo participase del parlamento; aunque con un nombre de fantasía. Pero no quería o no se animaba a jugar si el lobo estaba. Por ello, cuando Perón en 1964 intentó volver hizo lo indecible para que no llegase a destino valiéndose para tan democrático cometido del auxilio de los dictadores brasileños.
En la siguiente etapa (1966-2010) que glosaremos, podrá apreciarse la Renovación y el Cambio que el Alfonsinismo le aportó a la U.C.R. Y también lo débil y epidérmico que significaron dichas trasformaciones para una fuerza signada con desviaciones casi inalterables que portaba desde la cuna. Y también veremos como su golpismo y su tendencia atávica a la traición (contra el pueblo) llegaron a su paroxismo con la crisis iniciada en el año 2008. (Continuará).
*Raúl Isman : Docente. Escritor. Columnista del Noticiero televisivo Señal de Noticias. Colaborador habitual del periódico Socialista “el Ideal” Director de la revista Electrónica Redacción Popular.
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TOMAS ELOY MARTINEZ, UN ANTIPERONISTA DE NOVELA
10 feb 2010 Arte y Cultura, Educacion, HISTORIA, Notas semanales, Política Nacional, Politica
Publicado por Nacional y Popular
- … un Borges -ese ‘cadáver vivo de sus fríos versos’ , que dijera Lope de Vega – hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado, si no fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado: -Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón. El desmán seria para reírse si no fuese, como lo hemos expresado, porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje.
Juan Jose Hernandez Arregui

Por Claudio Diaz
En asuntos de antiperonismo feroz nadie llega tan lejos como Tomás Eloy Martínez.
Le da pie la infame década del menemismo, aunque en verdad el periodista devenido en novelista no enfoca su mirada inquisidora hacia el festival de desnacionalización, corrupción y congelamiento de la doctrina peronista que produce el gobierno de aquel entre 1989 y 1999.
Lo que aplica, más bien, es un furibundo discurso en el que predominan los viejos clishés acuñados en torno a la aparición del fenómeno político llamado Juan Domingo Perón y los ejes de su pensamiento y acción, que lo llevaron a ser protagonista de la revolución más importante que produjo la Argentina. No lo dice de la manera que lo vamos a escribir nosotros (aunque sí dice cosas peores, ya se verá…) pero su mensaje podría leerse como: -Menem hizo lo que hizo porque nació de un fruto podrido y venenoso llamado Perón.
Acaso cebado por la estúpida teoría globalizadora que anticipaba El fin de la Historia, propugnada a comienzos de los ’90 por el japonés-norteamericano Francis Fukuyama, nuestro Martínez debe haber pensado que Menem y su círculo de traidores eran los sepultureros definitivos del peronismo, los jinetes del apocalipsis que venían a ponerle la lápida a sus postulados.
Ayudado por un entorno en el que sobresalía la tremenda orfandad doctrinaria, con poquísimos críticos a la vista, podía entonces escribir sin escrúpulos sobre el movimiento, “matarlo” dialécticamente hablando.
A partir de ese momento escupiría hiel en cada frase utilizada para describir al peronismo y, sobre todo, a su creador.
Al punto de acusarlo de casi todos los males sufridos por la Argentina durante el último medio siglo, ¡¡¡hasta del terrorismo de Estado de Videla y Martínez de Hoz!!!
Es entendible: el profesor de la Universidad de Maryland evitaba tener contradicciones con sus patrones, porque acerca de las razones que motivaron el criminal golpe del 24 de marzo de 1976, jamás citaría la intervención del establishment mundial encabezado por los Estados Unidos para descuartizar a la Argentina y devolverla al estado colonial que le tocaba cumplir dentro del mapamundi confeccionado por el poder mundialista.
La teoría de la dependencia y el papel desempeñado por el imperialismo para apuntalar y sostener la dominación colonial no tienen lugar en la cosmovisión política del escritor.
Resulta bastante ingrato, y a la vez nada sano para el espíritu de quienes tratamos de apoyarnos en las patas de la honestidad intelectual, recorrer la que será una histórica muestra sobre antiperonismo con la guía de Tomás Eloy Martínez.
Aunque peor es “tragarse” las 362 páginas de El Sueño Argentino, libro que publicó en 1999 para reproducir un centenar de artículos suyos escritos para diferentes diarios de América, que se toman como disparadores de nuestras réplicas a sus afirmaciones.
El “hábito” del exilio al que marcharon nuestras figuras históricas, desde Rosas hasta Perón, pasando por Alberdi y Sarmiento, es el tema que ocupa a Martínez en las primeras páginas de su ensayo, en las que entremezcla algunas consideraciones sobre historia norteamericana y un recuerdo del prócer cubano José Martí.
El capítulo se llama Una civilización para la barbarie, ocupa 14 páginas, desde la 21 hasta la 35, y en un párrafo que refiere a las consecuencias del autoritarismo en nuestro continente empieza a fijar posición transpolando en el tiempo sucesos históricos diferentes y hasta antagónicos, buscando que el resultado de su alquimia antiperonista parezca natural. Copiamos…
-… el general Ramón Camps, jefe de policía de la provincia de Buenos Aires entre 1977 y 1979, se describió a sí mismo como un enviado de Dios al atribuirse la responsabilidad por el exterminio de tres mil prisioneros. Medio siglo antes, Perón había dictaminado: ‘someter al enemigo a nuestra voluntad es el fin político’. Someter, imponer, han sido los verbos básicos de la Argentina.
Camps, un asesino confeso que se vanagloriaba de haber decidido la muerte de 3.000 prisioneros políticos, y… Perón.
Unidos en el tiempo.
Y en las ideas.
¿Cómo se entiende esta concordancia que fija entre dos protagonistas de procesos históricos totalmente enfrentados, de propiedades “físicas” tan opuestas como el agua y el aceite, que aplica para equiparar la figura de Perón, con todos los desaciertos que quieran atribuírsele, pero creador de un movimiento político multitudinario, que llegó varias veces al poder a través de mecanismos democráticos, con la de un asesino confeso como Camps, que cumplió el papel de sicario de una dictadura atroz?
¿Será que la sagacidad del escritor estuvo en que “descubrió” que ambos coincidían en un grado militar, el de generales?
Pero, además, ¿a cuento de qué los hace aparecer así, de sopetón, como quien no quiere la cosa? Sólo un espíritu malintencionado podría justificar semejante brulote. Indigno, por otra parte, de quien enseña periodismo y goza de reputación en los ámbitos académicos.
Pero si aquella igualación sorprende por lo burda y grosera que resulta, obsérvese esta notable resolución investigativa para descubrir por qué se instaló en la Argentina una dictadura tan criminal:
-En 1976, las élites dictaminaron que el gobierno democrático
de Isabel Perón era inepto (lo que no se puede discutir, pero
era tan inepto como democrático) y que los subversivos (…)
debían ser erradicados del cuerpo social, exterminados. Tal
como había enseñado Perón, el Estado debía oponer a los
violentos una violencia mayor. Así se instauró el terrorismo,
es decir la barbarie, como doctrina oficial.
Entonces, Videla y sus escuadrones de la muerte; Martínez de Hoz y sus tecnócratas liberales que aprendieron en la Escuela de Chicago cómo entregar una nación; no son los autores de la masacre y el saqueo.
En la esclarecida explicación de Martínez, la maldita escuela fue inaugurada con Perón, “terrorista de Estado” si los hay, arquitecto de los campos de concentración y las cuevas financieras que vaciaron el país. Insiste con su teoría…
-Saber de veras, saber en serio, fue algo también confinado
a la marginalidad durante la dictadura. En 1976, la Argenti-
na fue -como Perón había querido 30 años antes- una na-
ción en armas, un conjunto de voluntades civiles alineadas
férreamente bajo el mando del líder militar de turno.
Aunque recién empezamos a transitar su camino, al ciudadano tucumano “neoyorquizado” que fatiga los parques del Central Park ya se le ven los pelos debajo de la camisa. Hay más…
-Así como en 1976 el vicario castrense decidió que la guerra del Estado contra los sospechosos de subversión era una guerra santa y que tanto los campos de concentración como los tormentos inquisitoriales eran justos, así también el sector dominante de la comunidad (incluyendo el peronismo tradicional) estableció que la hora del olvido y de la convivencia en paz había llegado. Que los cómplices del terror de ayer no tenían por qué desocupar hoy las tribunas en la televisión, las columnas de los diarios o las cátedras universitarias (…).
Entonces -nos quiere decir el novelista- la revisión del pasado no se hace por culpa del peronismo, que aparece así como cómplice de la dictadura. En la historia argentina de los últimos 60 años, la gran mayoría de los muertos y los presos pertenecen a este movimiento.
Pero Martínez no puede con su genio: el “peronismo tradicional” es el que le da cuerda a la hora del olvido.
¿El radicalismo? Nunca.
Aunque le haya hecho una transfusión de sangre a la dictadura con el préstamo de 177 intendentes y de dirigentes como Eduardo Angeloz, Antonio Tróccoli y el mismo Ricardo Balbín, estos dos últimos asistentes en diciembre de 1980 a la cena política organizada por la dictadura en la histórica confitería El Molino.
El Partido Comunista, menos que menos. Además no queda bien, es anacrónico sostener que en ese tiempo los stalinistas porteños miraron para otro lado -por expreso pedido de Moscú, que negociaba trigo y otras cosas con Videla y Martínez de Hoz- cuando la Junta Militar hundía el sable en el cuerpo social argentino. Bastante tiene el peronismo con la defección de su clase dirigente, que quiso ocultar la doctrina aunque no lo consiguió, para achacarle encima el apoyo a la dictadura.
Es una malicia que no tiene precedentes en el mundo de los analistas, al menos los que son serios y responsables.
El golpe de nocaut con el que pretende ensuciar la obra del peronismo, esta vez sin apelaciones directas sino a modo de metáfora, llega en otro párrafo del texto que venimos diseccionando…
-Poco a poco, la Argentina va levantando una cabeza más digna que la de hace medio siglo. En vez de clamar por líderes, el nuevo país clama por dirigentes. En vez de exigir autoritarismo y mano dura, se exige democracia. Debajo de las heridas de la barbarie parece al fin despuntar la civilización. No una civilización impuesta por algún padre tutelar, sino una civilización que va siendo construida por todos, lentamente, y que por eso mismo es imperfecta y un poco bárbara.
La referencia a Perón es clarísima: mano dura, barbarie, padre tutelar son alusiones más que claras.
La civilización humana y democrática es la que bendice el Dios del liberalismo. Sigue así…
-la clase media argentina vivió una ilusión de riqueza durante el
peronismo, gracias a la mano de obra barata que afluía hacia la
ciudad y que ahora se ve enfrentada a su genuina pobreza.
Es inconcebible.
La piedra fundacional que coloca el peronismo para llevar a la Argentina, por primera vez y de manera real, a la modernidad (esto es: proceso industrializador y reconocimiento inédito a los trabajadores, a la mujer y a las organizaciones intermedias para acceder a la participación en las decisiones nacionales) es reducida por este verdadero embustero de los medios a una nimiedad. Bienestar y dignidad, vacaciones y vivienda, hijos a la Universidad… ¿Eso es obra de mano barata?
Con impudicia, Martínez nos ofrece un manifiesto que a esta altura ni los propios comandos liberales del ’55 sostienen.
Todo se desarrolla en el capítulo titulado La Argentina de Borges y Perón, páginas 57 a 78 del libro que venimos comentando…
“La historia del último medio siglo en la Argentina es, en el fondo, la historia del duelo a muerte entre Borges y Juan Perón. No sólo fue un duelo abierto, casi físico, entre el escritor que se negaba a nombrar a su enemigo y el dictador que desdeñaba a Borges llamándolo ‘ese pobre viejito ciego’ (…). ‘El peronismo es una cuestión que ya debía estar enterrada’, le dijo Borges a V. S. Naipaul una tarde de 1972. ‘Si los periódicos guardaran silencio y se olvidaran del monstruo, hoy no habría peronismo’, agregó”.
La primera observación que queremos hacer no tiene que ver con el calificativo de dictador que usa para descalificar a Perón.
A esta altura es un término inofensivo viniendo de quien viene.
Sí nos interesa, en cambio, analizar la forma como construye su relato.
Dado que presenta a los lectores a dos figuras controvertidas, necesita acompañarlas de opiniones propias para intentar influir en la opinión que habrán de formarse los que se metan a leer su historia.
Con Borges no tiene problemas, porque consigue de cualquier archivo sus tajantes y recordadas definiciones sobre su enemigo político (“el peronismo que debería estar enterrado”, “el monstruo”) que los diarios de época se encargaron, precisamente, de difundir década a década.
Pero Perón, más allá de las decisiones que su gobierno haya tomado contra el escritor, nunca habló sobre Borges como persona sino en su calidad de cuentista.
Aquí, precisamente, viene el aporte de Martínez, porque él lo hace hablar al reproducir una supuesta declaración que no aparece en ningún medio como para darle validez “documental”.
Por supuesto, en términos peyorativos y humillantes hacia el escritor, para lograr la carga de bronca que efectivamente la gente podría tener al encontrarse con esa definición de “pobre viejito ciego”.
Hasta parece extemporánea la supuesta frase de Perón.
El general era apenas cuatro años mayor que el escritor.
Y que se sepa, Perón nunca se hizo el joven y tampoco trató despectivamente a otros por su edad.
Pero sigue la pelea Borges-Perón, con el arbitraje de Martínez…
-En la Argentina siempre hay un culpable para los males infinitos que aquejan a la nación: el culpable, para Borges, era Perón. Para Perón, en cambio, los culpables fueron muchos, e iban mudando de rostro según el humor del momento. En 1945 el culpable era Spruille Braden, embajador de
los Estados Unidos en Buenos Aires. Después atribuyó la culpa de las catástrofes a los ‘oligarcas’, a los disidentes, a los universitarios y también a Borges, cuya madre y hermana fueron encerradas por la policía del régimen en una cárcel para prostitutas (…)
Dejamos a consideración del lector la opinión acerca de quiénes son los culpables de la decadencia argentina: si Perón o Braden y sus amigos “oligarcas”; así, entre comillas, porque Martínez no quiere hacerse cargo del calificativo y se lo adjudica al general; a ver si no tiene problemas y aquéllos le hacen juicio por calumnias e injurias.
El respeto y la sumisión que demuestra ante esa pandilla de parásitos son demostrativos de su pensamiento antinacional…
-La decadencia argentina es uno de los más extravagantes
enigmas de este siglo. Nadie entiende qué pudo pasarle a
un país que en 1928 era la sexta potencia económica del
mundo y que de pronto, en seis décadas, quedó sepultado
cerca del quincuagésimo lugar (…). ¿Hay una culpa? El
presidente Carlos Menem, discípulo de Perón, cree que
hay una gran culpa: la memoria, el rencor (…).
La teoría liberal del gran país que forjaron Mitre, Sarmiento y los porteños ilustrados: algunos miles de ciudadanos que vivían con modales de franceses e ingleses en 20 kilómetros a la redonda del puerto de Buenos Aires, mientras en los restantes 2,7 millones de territorio nacional unos cuantos criollos oscuros, brutos, ignorantes e indisciplinados no tenían derecho a casi nada, expulsados de su propia tierra para dejarle lugar a los inmigrantes blancos, anglosajones en lo posible, que deseaban los patricios liberales.
Esa era la Argentina potencia de 1928 que rescata, a fines del siglo XX, Tomás Eloy.
Si hubiera dicho que la “potencia” era Buenos Aires no hubiera estado del todo mal.
Pero confunde la ciudad con la nación entera.
Y eso que nació en un pedazo de la Argentina, a 1.300 kilómetros del puerto que consagraron los unitarios, que conoce en carne propia la marginación y el ostracismo a la que la condenaron sus próceres favoritos.
“La Argentina tardó 20 años en caer, y lleva ya 40 sin poder levantarse. En 1946, cuando Perón llegó al poder, pasó una mañana entera caminando entre lingotes de oro, en los pasillos de la Casa de Moneda, sin que le alcanzara la mirada para abarcarlos a todos, porque los lingotes seguían entrando
infatigablemente por una boca de mármol que copiaba la cabeza de una vaca. En 1948, el país aún tenía más teléfonos que Japón e Italia y más automóviles que Francia. Casi enseguida comenzó el declive. ‘Perón dilapidó esas riquezas’,dice el ex presidente Alfonsín. ‘Las distribuyó con demagogia y ordenó mal las prioridades de inversión. Así desaprovechó la mayor oportunidad que tuvimos de lanzarnos a un proceso definitivo de desarrollo”.
Ni el propio Alsogaray se hubiera animado a realizar una descripción como la que anima al novelista.
¿Vale la pena, a esta altura, insistir con eso de los lingotes de oro que pateaba el general?
Después de medio siglo, ¿todavía no está enterado Martínez que ese oro se convirtió en flota mercante, aviones, gasoductos, acerías, trenes, hospitales, escuelas, viviendas, diques, desarrollo tecnológico, créditos para la industrialización del país?
Si Martínez y su familia necesitaran reconstruir su casa, ¿no venderían el oro de las alhajas, anillos, pulseras y relojes para acumular un capital que les permitiese salir a la superficie y conseguir aire para respirar mejor y rehacer su vida? Arriesgamos una respuesta: no.
Con los antecedentes que trae, Martínez aguardaría un período más liberal de su vida y entregaría la casa, con joyas y todo.
Incluso daría el perro y los gatos.
Como hizo Menem, el “discípulo” de Perón.
Pero además miente.
O da por sentado hechos que no comprobó, como los referidos a las estadísticas sobre la cantidad de teléfonos que había en las casas de japoneses e italianos, o los coches que manejaban los franceses.
Respecto del primer punto, en 1953 una estadística indica que la Administración de Teléfonos del Estado contaba con 924.976 abonados distribuidos en 830 centrales.
Comparadas con las 643 existentes en 1946 representaban un incremento de 187 en sólo 7 años.
Eso significaba una expansión del 30% y revelaba un gigantesco esfuerzo hacia la integración del país.
Para esa fecha, Buenos Aires poseía 656.000 aparatos y el 99% del servicio era automático.
El teléfono dejaba de ser un privilegio. Servía áreas rurales, zonas periféricas, barrios alejados, ciudades y pueblos con baja densidad de población.
En sólo 7 años, la relación de una línea telefónica por cada 30 habitantes pasó a ser de una por cada 16.
En términos de densidad telefónica significó pasar de 3,84 líneas cada 100 habitantes a 8,84.
A mediados de 1955, Teléfonos del Estado había llegado a ocupar el 7º lugar entre las administraciones telefónicas estatales del mundo, y era la primera de Latinoamérica.
Precedía a 25 países de Europa y América, sólo superada por Australia, Francia, Inglaterra, Japón, Suecia y Rusia. (1)
Agregamos un dato: el 13 de enero de 1956 se creó, en reemplazo de la compaña estatal tan vapuleada por Martínez, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, la famosa ENTel. permaneció en manos del Estado hasta su liquidación en tiempos de Menem.
Pero nótese cómo se inicia el desmantelamiento y la visión antisocial en la que cae al pasar a manos del liberalismo económico que comanda el país.
Se anuncia, ese mismo 1956, el Plan Quinquenal de 500.000 líneas, que se redujo en realidad a un escaso 30% de cumplimiento: el Estado Liberal coloca 17.000 aparatos en 1956, 16.000 en 1957, 33.000 en 1958, 28.000 en 1959 y 50.000 en 1960.
Así y todo, muchas veces los números no dicen nada. Ahora mismo, en la Argentina de fin de siglo que siguió las pautas económicas y sociales de la “sexta potencia de 1928″, millones de personas tienen teléfono celular, la segunda marca en América después de Estados Unidos
¿Y…?
De los 37 millones de habitantes, más de 15 son pobres de toda pobreza y a veces no consiguen siquiera un plato de comida para subsistir.
Además hay que insistir con el análisis de la distribución, la porción de torta que le toca a cada argentino.
Dando por sentado que los datos de Martínez son reales y comprobables, más allá de que en su texto no remite a ninguna fuente estadística, no tenía mucho sentido disponer de más líneas telefónicas que en algunos países de Europa si, seguramente, estarían instalados en unas pocas manzanas de Buenos Aires, porque dudamos de que los hubiera en Jujuy, Corrientes, Catamarca o Río Negro.
Volviendo a la “época de oro” pre-peronista, lo meritorio del gobierno de 1946 fue que precisamente usó los fondos que se habían acumulado en el tesoro para construir un país nuevo en el que cupieran todos.
Y la Argentina no ingresó en la decadencia (como sostenía Alfonsín y apoyaba Martínez) porque se dilapidaron los billetes.
En el período 46-55 se cometieron, ciertamente, errores que desembocaron en el golpe de setiembre.
Pero la causa fundamental, con la posterior declinación de la Nación, hay que buscarla en los sectores minoritarios que tenían que acabar de cualquier manera con el gobierno peronista porque les había cortado el chorro de divisas que estaban acostumbrados a llevarse.
¿Es tan corto de vista Martínez para no ver esto?
¿O es su antiperonismo cerrado el que le impide reconocer el carácter claramente redistribucionista y reinvindicatorio hacia las masas trabajadoras y sometidas?
Porque insiste con sentencias de señora gorda de Barrio Norte…
-Perón soñaba con la grandeza, pero la pequeñez ya estaba
paseándose por las calles. En 1951 el número de automóviles,
que una década atrás había sido de 27.8 por cada mil habitantes, se redujo aquel año a 18.1. No había trigo en los silos y se comía un pan gris, de ceniza (…).
No hay forma, otra vez, de saber si los datos porcentuales que ofrece el escritor son fidedignos.
Pero volvemos a darle la derecha, porque lo que nos interesa es remarcar otra cuestión: había más coches que en Francia -dijo antes- y bastante menos que a comienzos del 40, dice después.
Se olvidó de un pequeño detalle: todos esos automóviles no se producían en el país sino que eran importados.
Y, por su precio, únicamente los estratos más pudientes de la sociedad podían adquirirlos.
Y hay más: en 1953, con la creación de las Industrias Kaiser Argentina (la famosa IKA), el país pudo montar la primera fábrica nacional de coches.
En ese momento, sólo había 13 países en el mundo que producían sus propios automóviles. Así como la preocupación del escriba eran los pocos vehículos que tenía el porteño para movilizarse, así también sufría por el pan negro que tenía que comer la clase acomodada.
No importa que antes de Perón hubiera pan blanco y crocante, aunque millones no pudieran saborearlo porque no tenían con qué pagarlo.
Y tampoco se le pide que recordara, nada más que por honor a la verdad, que en 1952 faltaba trigo porque el país había sufrido la que se consideró como la sequía más grande de su historia hasta ese momento.
Al pan, pan; y a Tomás Eloy Martínez…
-El salario real de los obreros industriales cayó 20 % en menos de tres años. Evita, la esposa de Perón, murió en ese momento inoportuno de un cáncer de útero. Sin nadie que se ocupara de dádivas a los pobres, la imagen de Perón se disolvió como una mariposa de verano. Se hubiera desvanecido para siempre si un golpe militar, al que Borges llamó Revolución Libertadora, no lo hubiera apartado providencialmente del poder (…). Condenado al exilio, a la resistencia, a la muerte civil, Perón se convirtió en un mártir (…).
O sea: Evita fue una desconsiderada porque se vino a morir justo cuando al gobierno se le venía la noche y los obreros perdían poder adquisitivo.
Evita, por lo demás, era una tipa común y silvestre que repartía propinas a los marginales.
Finalmente, Perón sobrevivió en la memoria histórica del país no por su obra de gobierno sino porque los militares, todos unos chambones, crearon un mito.
-Nadie sabe qué es el peronismo. Y porque nadie sabe qué es, el peronismo expresa el país a la perfección. Cuando un peronismo cae por corrupción, por fracaso o por mero desgaste, otro peronismo se levanta y dice: ‘aquello era una impostura. Esto que viene ahora es el verdadero peronismo’ (…). Es como un imposible Mesías o, para decirlo en el lenguaje popular, como un burro que corre eternamente tras la inalcanzable zanahoria”.
Es al revés.
Casi todos saben qué es el peronismo.
Los trabajadores, los humildes, lo conocen y siguen confiando en su doctrina porque les demostró su eficacia.
Y los ricos y famosos también lo conocen bien.
Es comprensible que Martínez, que parece querer ubicarse en el medio, no entienda mucho.
Le pasa a los intelectuales que se conocen todos los análisis habidos y por haber, pero que cuando tienen que tomar el pulso a los pueblos no saben encontrarle la vena.
Ahora, ¿al peronismo nunca lo echaron a patadas?
Es decir… ¿cae por corrupción o por desgaste?
Por favor, un memorex para el escritor.
-Mudar de piel a tiempo es lo que ha salvado al peronismo de
la extinción. La ‘doctrina’ siempre consistió en tres simples apo-
tegmas -a Perón le encantaba la palabra apotegma-: justicia so-
cial, soberanía política e independencia económica.
Entonces, la doctrina es apenas un slogan publicitario.
A él le suena de esa manera porque no tiene noción del valor que tienen las palabras soberanía, patria, justicia o liberación en un territorio sometido y colonizado culturalmente.
Hay más…
“Los teóricos norteamericanos que durante décadas se quemaron las pestañas descifrando las escrituras del Conductor y de Evita, con la ilusión -vana- de vislumbrar en ellas un sistema lógico de pensamiento (…), abandonaron hace ya tiempo la tarea y emitieron un dictamen desconsolador: el peronismo es algo que se siente y no algo que se piensa”.
La fina ironía acerca de las “escrituras” remite al típico intelectual que cree saberlo todo y destila impotencia frente a la estatura de un hombre pensante como Perón.
El mediocre de Martínez debe haber fatigado muchas bibliotecas pero no aprendió demasiado.
El peronismo es algo que se siente, por supuesto, pero que, además, se piensa.
Nuestro profesor de Maryland desdeña lo primero, es decir, la sensibilidad de millones de personas que instalan al peronismo en su corazón porque vino a redimirlos, a darles un lugar en la historia.
Es un opinólogo cojo de pensamiento, que cree que en la vida de los pueblos todo es materia y lo único valedero es lo que dictan la razón, el dogma, los postulados de las ideologías.
No reflexiona que la realización del hombre llegará por la vía de alguna doctrina o idea política (“la materia”) pero también por el espíritu que esté impregnado en ella, cada una con sus leyes y módulos propios.
¿Cómo traducirlo? La lámpara ilumina mejor una habitación pero no el espíritu.
Internet comunica pero no desarrolla afectos.
Y el petróleo podrá mover máquinas y motores, pero el acercamiento entre los hombres se logra a través de otras cosas.
Con el peronismo es común escuchar eso de que prevalece la cuestión casi religiosa y “no pensante” del sentimiento, antes que la lógica y el razonamiento.
Cosa que no es cierta porque, insistimos, es un cuerpo armónico donde la materia y el espíritu ocupan dos mitades iguales.
Así y todo, para Martínez y otros intelectuales como él, vale aquel pensamiento chino que dice que “enciende más esperanzas el perfume de una flor que una tonelada de filosofía alemana”.
Es verdad, la flor viva está en condiciones de decirnos más sobre el universo que la metafísica construida a base de razonamientos como los de Martínez, que a pesar de las meticulosas construcciones a los que los somete quedan marchitos apenas salen a la luz.
De todos modos, si sigue sin entender qué es el peronismo, le contestamos de manera simple: un movimiento nacional, que él desconoce porque es un analfabeto de la historia argentina.
Por más togas y cocardas que le pongan los repartidores de prestigio, desde Estados Unidos hasta la Argentina.
-La tercera posición, ahora se sabe, significaba algo muy simple: no estar de pie ni acostado sino de cualquier otra manera. Sentado a veces, a la espera; o con las rodillas gachas, en actitud de súplica.
Debe saber de posiciones para explicarlas con tanta claridad.
Y las debe haber practicado en su kamasutra intelectual, teniendo en cuenta sus dos décadas de vida en Estados Unidos.
Pero no queremos pecar de groseros.
Seguro que la tercera posición habrá sido muy simple de entender.
Por eso lo supieron de movida, en el ’45, los policías mundiales que vigilaban el mundo, no otros que los Estados Unidos y la Unión Soviética.
Martínez se hubiera hecho un favor a sí mismo (para aprender algo “nuevo”, decimos) si repasaba los diarios de época y buscaba los arrumacos y “piquitos” que se daban los amigovios para impedir la llegada del peronismo al gobierno.
Esa incestuosa convivencia sí que sabía de posiciones amatorias: 10 años después nacía la diabólica criatura que habían procreado para desalojar al pueblo de la casa. Ahí, la Argentina pasó de la tercera posición al fondo de la tabla.
Dictador, maestro de Camps y Videla, inculto, demagogo… ¿qué más podía agregarle Martínez a su fabulosa radiografía sobre Perón y su movimiento?
Faltaba el toque final, el que otorga categoría internacional de monstruo, enemigo de la humanidad.
El descrédito total ante la historia, la difamación de siempre: Perón era nazi. Y la prueba de ello es ésta que sigue, una verdadera perlita…
-Sucedió un sábado de marzo en 1970. El general y yo habíamos dedicado la mañana a repasar su historia de amor con Evita… No sé cómo la conversación se desvió a las calamidades de la Segunda Guerra y desembocó en el juicio de Nuremberg (…). ‘Entre 1945 y 1949′, me dijo Perón, ‘les abrí los brazos a los pobres muchachos que escapaban de un país derrotado y humillado como Alemania. Los recibí por un sentido de humanidad y porque varios de ellos eran técnicos y científicos de primera (…). Alemania había invertido millones de marcos en capacitarlos. A nosotros sólo nos costaban un pasaje de avión y el pasaporte que les daban nuestros cónsules’ (…). Le pregunté, ¿qué hubiera hecho con ellos, general? Si usted hubiera estado en Nuremberg, ¿qué hubiera hecho? (…). El general solía tener ráfagas de sentimientos contradictorios cada vez que hablábamos de los hombres fuertes. Pero esa mañana de 1970, sin López Rega ni Isabel rondando por la cocina, bajó la guardia y elogió a todos: a Hindenburg, a Napoleón, a Mussolini. Había llenado la Argentina de nazis y no se avergonzaba de su hazaña. Exhibía orgulloso una panoplia de amistades a las que llamaba heroicas: Skorzeny (el aviador que había liberado a Mussolini de su prisión en el Monte Sasso), Kurt Tank, Eichmann, Roschman (conocido como ‘El Verdugo de Riga’) y un extraño veterinario al que identificaba como Helmut Gregor y que, según supe luego, era Josef Mengele, el siniestro médico del campo de Auschwitz (…). Ví que nosotros éramos, de algún modo, el Nuremberg de 1945, con un pasado sin resolver. Un pasado peronista, me dije entonces: tal como el general quería.
No vale la pena considerar las pruebas que arroja para demostrar el nazismo de Perón.
Para colmo, justo en la mañana de aquella tremenda confesión del general no estaban ni López Rega ni Isabel para tenerlos como testigos.
¿Grabó las declaraciones el profesional Martínez?
Parecen historias confiadas por un mucamo anónimo, como el de Gambini…
Pero como a estos tipos hay que mirarlos bien, porque con la excusa del secreto profesional pueden hablar y escribir de todo, nos surge una duda: si Perón le dijo lo que dijo en 1970, ¿por qué entonces no lo publicó en la revista Panorama, para la que entonces trabajaba?
¿No le habían parecido interesantes tamañas confesiones del general como para pasarlas por alto?
¿Lo habrán censurado y por eso las ocultó tanto tiempo?
Insistimos en marcar que estas son las técnicas de ciertos hombres de prensa, porque en el mismo artículo de marras, el que reproduce en su libro, refiere el “horario de tortura” al que había sido “sometido” por Perón cuando lo citó para la entrevista que tanto quería…
Tremendo: las 8 de la mañana: “El general le imponía a sus visitantes esas horas de tormento”, escribe.
Claro, todo lo que emanaba de Peron era dañino.
Pero sin duda que aquellos madrugones le vinieron de maravillas, porque ésa y otras tantas reuniones matinales que mantuvo con el general le sirvieron, años después, como base para escribir la novela que le permitió vender cientos de miles de libros y engrosar su cuenta bancaria.
Pero lo entendemos.
En 1999 no era conveniente mostrarse complacido y expectante por conocer a Perón e incluso tratarlo mano a mano, así que venía muy bien pegar con eso de las horas de tormento.
Más todavía: era poco importante charlar con el hombre que cambió la historia de la Argentina y “sólo hice la entrevista porque me lo pidió mi jefe”, dirá contradiciéndose ya que, poco antes, confesaba que desde 1966 “cada vez que viajaba a Madrid lo llamaba para ver cómo estaba”.
No, Perón no le interesaba.
Además, ¿quién había sido, qué importancia tenía…?
En 1998, entrevistado por Jorge Halperín, ratificaría ese desinterés.
“En ese momento me llamaron de Primera Plana y me dijeron que, como Arturo Illia acababa de ser derrocado, yo debía conseguir la palabra de Perón para una edición especial”. (2)
¿Qué le pareció? le pregunta el periodista aguardando que su entrevistado denotara el entusiasmo y hasta la sorpresa por la posibilidad de hacerle una nota a un líder político que, más allá de las coincidencias o diferencias, era sin lugar a dudas el más importante de las últimas décadas.
Pero Tomás Eloy, que en aquel 1966 recién empezaba a surgir y a transitar por la galería de la fama mediática, responde casi con desgano:
-Bueno, era un político en el ocaso. Y además parecía
condenado a no regresar. (3)
¡Qué visión la suya!
Pero no se quedó en eso solamente, ya que aprovechó la pregunta de Halperín para descargar toda su artillería…
-Entonces ví todos los matices de la condición humana en la política: falsedades, hipocresía, ficciones, invenciones, buenos y malos deseos, obsecuencias y esoterismo. Primero, Perón se pronunció a favor del golpe y, 15 días después, en contra (…). Esa zona oscura de la política me
fascinó narrativamente. (4)
No hay constancia alguna (queremos decir: declaración pública que realmente pueda ser constatada) de que Perón haya apoyado el golpe del ’66.
Es el recurso que utiliza: “me lo dijo a mí…”, o “yo lo escuché”. Total, el declarante ya no está para ratificarlo o negarlo.
El periodista que da clases en universidades americanas, posicionado como referente del arte profesional de informar, recurre a ese tipo de procedimientos, no muy puros, cuando quiere cumplir su propósito de echar un manto de sospecha sobre una figura que no le complace.
Si no es con el propio Perón, a quien le hace decir cosas después de muerto, toma como punto de referencia las confesiones que le hace López Rega.
¿No es una maravilla?
“Lo que yo relato -se refiere a la novela- me fue contado por el propio López Rega caminando desde la oficina que él tenía en la Gran Vía de Madrid, hasta el Palacio de Oriente”.
Extraordinario…
Le da crédito a tan siniestro personaje como si fuera una fuente de información confiable.
Y si con eso no le basta, recurre al archivo de la CIA, como hará en 1985 con La novela de Perón y con un artículo publicado en la revista El Periodista, ediciones 48 y 49, bajo el título “Perón y los nazis. Cómo el Estado argentino organizó la migración masiva de criminales”.
¿Siempre actuó así Tomás Eloy Martínez?
¿La desconsideración en el trato hacia Perón fue “original”, de cuna, o se insertó en su pensamiento con el paso del tiempo?
Más bien parece que ocurrió lo último. La entrevista que hiciera para Primera Plana había sido registrada por él mismo en aquellos viejos grabadores tipo Geloso.
Al cabo de unos años, promediando la década del ’80, la cinta fue desgrabada y empezó a circular a través de casetes que podían conseguirse en distintos puestos de venta de Buenos Aires.
Al escucharla, uno no puede menos que sorprenderse cuando advierte que Tomás Eloy trata a Perón de manera condescendiente.
En al menos tres ocasiones, antes de lanzar su pregunta, la antecede con la expresión “Mi general…”, o: “Dígame, mi General …”.
Es decir que aquel Martínez de los ’60 y ’70 se sentía un cabo de la causa peronista. A esto podríamos acotar que algunos años después ya actuaba como todo un capitán, que al escribir el libro La masacre de Trelew no dejaba ninguna duda acerca de su posición política:
-Trelew fue, en aquellos días, una Sociedad Nueva creada por un Hombre Nuevo (…). Comencé a escribir el libro el 26 de mayo, entusiasmado por el espectáculo de una revolución que parece al abrigo de todo desgaste. Las cárceles estaban vacías de presos políticos, las puertas de la Casa de Gobierno permanecían abiertas para el pueblo y los vivas a Perón no cesaban en el trabajo ni en la intimidad de los dormitorios (…). Desde los tiempos de Caseros, pero sobre todo después de 1955, el Poder Militar se había convertido en el brazo armado de las oligarquías argentinas, en el defensor del coloniaje y en el más eficaz vaciador de las empresas nacionales. Su argumento supremo fue siempre la masacre (…). Nunca ocultó los rastros de esas depredaciones, porque había conseguido ser impune hasta en los libros de historia: el propio Poder Militar se encargaba de escribirlos, cuando no disponía de amanuenses diligentes que le barrían las cloacas para que él pudiera volver a ensuciarlas. La primera intención de este libro es desafiar esa impunidad… En un país donde los mártires son réprobos y los réprobos viven sin castigo, la memoria del pueblo siempre será más larga que las astucias del Represor. Y si las páginas de este libro
no contribuyen a derrotar a la pesadilla, por lo menos ayudarán a pelear contra ella”. (5)
El analista que hace gala de este pensamiento revolucionario, años después archiva la teoría de la dependencia y dice que el peronismo siempre necesitó echarle la culpa a la oligarquía y el imperialismo para explicar la destrucción de la nación.
Martínez tiene que repasar la lección o es un canalla que deberá rendirle cuentas a su conciencia y a la memoria nacional.
A fin del siglo pasado dice que no puede vivir en la Argentina por el desencanto que le produce su decadencia, porque “ya nunca seremos lo que éramos”.
No especifica a que período se refiere, pero suena al anterior a 1945, cuando era un adolescente.
Y al fin enumera una serie de episodios que le hacen mal, como “la tradición autoritaria, el peronismo, la siniestra Triple A y la brutal dictadura que le siguió, el exilio, el fascismo y el antisemitismo, el olvido”.
Sin embargo, no le da vergüenza vivir en el país que tiró la bomba atómica, invade y asesina pueblos y les roba sus riquezas.
El aire de Argentina es irrespirable, pero en Estados Unidos hay un microclima maravilloso, de libertad, que seguramente debe tener mucho de real, claro que a costa de mantener preso al resto del mundo, incluido sus propios habitantes.
Pero lo comprendemos: nada más desaconsejable que morder la mano del amo que le pone el bocadillo en la boca, como los cabareteros que le colocan a las odaliscas un billete entre medio de sus senos para que les baile la danza que más les gusta.
El hombre ha hecho plata, una buena diferencia en verdad, vendiendo sus novelas sobre Perón y Evita.
Y con dos ventajas: por un lado se ahorra de pagarle los derechos de autor al dictador y a la aventurera que le dieron el guión.
Por el otro, escribe sentado en el regazo de las multis culturales interesadas en vender historia.
-En 1983, el Wilson Center le concedió a Tomás Eloy Martínez una beca para escribir La novela de Perón, informa el propio editor de sus libros.
O sea: es un trabajo encargado, lo que puede servir para sacar conclusiones acerca de cómo y por qué lo escribió. Al referirse a su obra, el diario Página 12 comentó que por dicho trabajo la Universidad John Kennedy le otorgó “el único doctorado Honoris Causa de 1993″, y precisa que la Fundación Guggenheim también reconoció monetariamente sus esfuerzos intelectuales.
Su libro ensambla perfectamente con la necesidad de destruir la historia.
Perón es un falluto que engaña a todos (empezando por el pueblo y los trabajadores), odioso y empaquetador, y que tiene todo controlado aunque se vuelve un “viejo cargoso” e inútil: el 20 de junio de 1973, cuando regresa al país, le pide en el avión a López Rega que lo ayude “a mear” (página 200 de La novela de Perón).
Ignorándose de qué archivo o testigo obtiene las informaciones, también lo hace pasar como un “ente” sin sentimientos, incapaz de querer: -Sólo después del sexto año de matrimonio, Potota, su esposa, pudo agradecerle una señal de cariño, y fue obra de la casualidad (pág. 255).
Pero para otras apreciaciones, el revolucionario y progresista escriba no duda en recurrir -como fuente informativa- nada menos que a la CIA.
Se ocupa de descifrar un cable del espionaje norteamericano para “probar” que Perón, una vez enferma Evita, era tan malvado que dejó de entrar a su dormitorio porque “temía que el cáncer fuera contagioso”.
Moraleja: el pueblo argentino es estúpido e ignorante por haber elegido a Perón y seguirlo.
Para entender el objetivo que persiguen estas novelas históricas, ciertamente falaces y tramposas, que el sistema les hace consumir a las capas medias, se recomienda el excelente libro de Norberto Galasso titulado Verdades y mentiras acerca de Perón y Eva Perón, del que extraemos algunos párrafos muy enriquecedores.
Al referirse a Santa Evita, escrito en 1995, Galasso replica los sofismas de Tomas Eloy con contundencia:
*-Tomás Eloy Martínez exalta a Evita para colocarse en una posición aparentemente popular o izquierdista, desde la cual descargar los mayores mandobles contra Perón. Intenta, así, convencer al lector de que sus críticas -no sólo al conductor del movimiento nacional sino al peronismo, los trabajadores, etc- carecen de ‘gorilismo’ alguno y que, en cambio, se trata de un juicio ponderado, tan equilibrado, que admite la importancia de Evita. Avanzada esta maniobra luego la completa utilizando a la misma Eva para descalificar a Perón…
* -…en el terreno estrictamente político, Eva -integrante del peronismo y vertical a su jefe- no merece la exaltación de Martínez. Por el contrario, era tan ‘reformista’ y ‘conservadora’ como él. Evita era infinitamente más fanática y apasionada que Perón, pero no menos conservadora, sostiene. Para robustecer este juicio que descalifica política- mente a ambos recurre nada menos que a Ezequiel Martínez Estrada, y transcribe: ‘Todo lo que le faltaba a Perón, o lo que él poseía en grado rudimentario para llevar a cabo la conquista del país de arriba abajo, lo consumó ella o se lo hizo consumar a él. En ese sentido, también era una ambiciosa irresponsable. En realidad él era la mujer y ella, el hombre. .
* De este modo, estos científicos sociales reducen 40 años de vida política argentina a la ambición de dos irresponsables -ella, ‘machona’; él, ‘maricón’- que lograron conquistar el país siendo ambos extremadamente conservadores. Quedan sin explicar, solamente, bombardeos, fusilamientos, concentraciones multitudinarias, proscripción, veneración popular, odio oligárquico y algunas pocas cosas más que carecen de significación para la filosofía de la historia practicada por ambos autores…”.
* -…¡Pobre pueblo argentino! Tanta sangre derramada, tanta
lucha, tantas esperanzas y sufrimientos depositados en un par de ‘trepadores’ y ‘ambiciosos’ que nadie explica por qué razón siendo ambos extremadamente conservadores, no intentaron alcanzar sus proyectos poniéndose al servicio de la clase dominante. Pero lo más asombroso de este cuadro histórico, que Martínez dirá que es ficción pero que deja en el lector la memoria de sucesos, interpretaciones y valores ‘auténticos’, estriba en que esos dos aventureros o cómplices no se amaban sino que, además, rivalizaban entre sí. Martínez señala, entonces, los celos de Perón originados en el apoyo popular suscitado por Evita, que lo relegaba a un segundo plano: ‘Los descamisados afluían sobre Buenos Aires para verla a ella, no a él’. Establecida la rivalidad, el autor pasa a utilizar a Eva para denigrar a Perón, desentendiéndose de tantas declaraciones y discursos de Evita que avalan su veneración por Perón. Imagina, entonces, una conversación entre ambos, concluido ese acto multitudinario donde la CGT la candidatea para vicepresidente: ‘Evita: Sos un hijo de puta. El peor de todos. Yo no quería esa candidatura. Por mí te la podías meter en el culo. Pero llegué hasta aquí y fue porque vos quisiste. Me trajiste al baile, ¿no?, ahora, bailo. Mañana, a primera hora, hablo por radio y acepto. Nadie me va a parar. Por un instante hubo silencio. Sentí las respiraciones agitadas de los dos y tuve miedo de que también se oyera la mía. Entonces, él habló. Separó las sílabas, una por una, y las dejó caer:
-Estás muriéndote de cáncer y eso no tiene remedio.
Nunca voy a olvidar el llanto volcánico que se remontó en la oscuridad en la que yo me ocultaba. Era un llanto de llamas verdaderas, de pánico, de soledad, de amor perdido.
Evita gritó: ¡Mierda, mierda!..
*-”…Martínez excede aquí los límites que un creador literario debe imponerse cuando los protagonistas de sus novelas son personajes históricos. La novela histórica, al humanizar a los protagonistas del pasado, los acerca al lector, pero sus defectos o virtudes deben fundamentarse en datos ciertos, no en odios personales. Seguramente, el diario La Nación provocaría un escándalo si en una biografía de Mitre éste apareciese pinchándole un ojo a un adolescente, pues, si bien Don Bartolo fue responsable de la muerte de miles de gauchos en el interior, la fantasía del novelista no puede adjudicarle un horror de ese tipo que, aunque sea ficción, impacta al lector y se graba en su memoria, mezclando realidad y fantasía. Del mismo modo, la crueldad extrema con que se pinta a Perón en esta escena, excede lo tolerable en un novelista e ingresa lisa y llanamente en el ‘calumnia, que algo queda’, usado por políticos o intelectuales al servicio del odio antinacional.
Con las refutaciones de Galasso está todo dicho respecto de Tomás Eloy Martínez.
De nuestra parte sólo agregaríamos tres caracterizaciones: falsificador, oportunista y fariseo para los negocios.
Eso nos parece este antiperonista de novela.
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