SOBRE TILINGOS Y GUARANGOS
6 sep 2009 Notas semanales
EDITORIAL
EL EMILIO
UNA RECORDADA Y MAGISTRAL CLASE DEL BRILLANTE PROFESOR ARGENTINO -Y LATINOAMERICANO-, ARTURO JAURETCHE
Por Pedro del Arrabal
Viendo, escuchando y/o leyendo en los medios que se dicen “masivos de comunicación” el desfile incesante de personajes inventados por los propios medios como dirigentes políticos “argentinos”, dirigentes empresario “argentinos” y/o dirigentes “sociales argentinos”, vendidos como la nueva “camada”, los encabezadores de “la caravana de la honestidad democrática” -la que supuestamente traerá la tan demandada “salud, transparencia y pulcritud al sistema democráticos”, un tiene la sensación de estar escuchando una vieja oferta; una típica película anticipada por un canal de cable como estreno absoluto como si yo -en el papel de televidente- no la hubieran visto una y mil veces en los otros canales del mismo servidor de televisión por cable.
Y en ese desfile uno ve a un De Angelis, a un Biolcati, a un Llambias, pero también ve a una Graciela Fernandez Meijide (que volvió a la palestra para minimiza los crímenes de la última dictadura como si se tratara de una cuestión de números de asesinados y desaparecidos), a una Ripoll, a un Aguini, a un Asis, por nombrar a los más representativos en algunos “rubros” porque la lista sería larga. Todos conducidos por los objetivos e impolutos periodista de la talla de un Grondona, de un Van Der Koy, de un Morales Sola, de un Bonelli/Silvestre, de un Tenembaun/Zlotogwiazda, un Longobardi, debatiendo el destino políticos del país. O el económico y el cultural (con un “toque” de lo social como detalle pintorezco que les rescata es veta “humano” que siempre se les esconde) con brillantes y exitosos conductores televisivos del nivel de la Legrang, la Ginmenez, el dicharachero Marcelo Tinelli, Luisito Majul, un González Oro, etc, etc.
Todos mezclados en un mismo lodo, como si el adobe para construir un refugio seguro no dependiera de la tierra que se usa (materia prima) y de la calidad del amasador del barro.
Por eso me pareció interesante rescatar esta lección del lamentablemente desaparecido compañero Jauretche, para que usted compruebe, con solo sustituir los nombre de los personajes para la correspondiente actualización, que se trata de “una vieja y muy mala película argentina”.

Tilingos y Guarangos
Por Arturo Jauretche
“No sabemos si guarango y tilingo son términos nuestros. No hemos consultado a la Academia. Pero indiscutiblemente son tipos nuestros. Y recíprocos.
El tilingo es al guarango lo que el polvo de la talla al diamante. O la viruta a la madera. Producto de un exceso de pulido, o de la garlopa que se pasa. Es la diferencia que hay entre tomar el vaso “a la que te criaste” y tomarlo entre las puntas del índice y el pulgar y con el meñique apuntando a la distancia.
Pero digamos que en el guarango está contenido el brillante y también la madera para el mueble. En el tilingo nada. En el guarango hay potencialmente lo que puede ser. El tilingo es una frustración. Una decadencia sin haber pasado por la plenitud.
Si el guarango es un consentido, satisfecho de sí mismo y exultante de esa satisfacción, el tilingo es un acomplejado. El guarango es la cantidad sin calidad. El tilingo es la calidad sin el ser. La pura forma que no pudo ser forma. El guarango pisa fuerte porque tiene donde pisar. El tilingo ni siquiera pisa: pasa, se desliza. Por eso el tilingo es un producto típico de lo colonial. Los imperios dan guarangos, sobre todo, cuando se hacen demasiado pronto. El caso de los Estados Unidos, por ejemplo.
Cuando el guarango tiene plata no habla más que de Nueva York. Antes hablaba de Londres, como el tilingo de París. Habla también de técnica y aspira a ser socio del club Americano. Compra palos de golf pero sufre terriblemente porque no pueden ir al fútbol. Al tilingo ya se le pasó la época del golf desde que los guarangos andan con los palos. El tilingo sigue en París y más bien se dirige hacia Oriente. Pasa por Rabindranath Tagore y Lanza de Vasto, con unos granos de pimienta Mao Tse-Tung. Se acícala con descuido para que no esté del todo ausente Sastre. Como la cocina francesa es un puntito “fessandé”. Carga con el guarango como una desgracia nacional, de esa nación, que es su “oficina”. A veces tiene preocupaciones sociales, y se agobia, como sí llevara “la pesada carga del hombre blanco”. Pero el “cabecita negra” no es bastante oscuro. Prefiere ocuparse de otros colores más remotos. Y que no tienen demandas concretas.
El guarango lo irrita. También irrita el guarango a los guarangos que ya son importantes. Entonces se juntan los guarangos importantes con los tilingos. No hay que olvidar que el tilingo sale del guarango por exceso de garlopa. Tilingos y guarangos unidos contra los guarangos terminan por mezclarse y se vuelven contra el país que no es guarango ni tilingo. Y esa es la explicación psicológica de algunas revoluciones, cuyas raíces son económicas y sociales pero utilizan estos instrumentos, porque los que manejan el país desde afuera saben cuáles son nuestros puntos débiles.
Es la oportunidad que aprovechan los guarangos que han pelechado con la prosperidad del país para pasar a ser tilingos. Muchas veces no lo consiguen pero sí sus hijos. El meridiano de los tilingos pasa por Sur. El de los guarangos por el Partido Cívico Independiente. Porque Alzogaray es a los guarangos lo que Victoria Ocampo y Borges a los tilingos: el arquetipo. Pero los meridianos se cruzan en los polos, que son precisamente esas revoluciones. De ese cruce suele resultar un híbrido: el tilinguarango. En ocasiones se juntan los dos tipos en una mesa redonda de televisión. El híbrido no concurre. Pero es el que aplaude y hace comentarios. Y todo el problema es meter en cintura estos dos neoplasmas de la cultura argentina.”
“Santo y Seña”, febrero 9 de 1960.
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EN LA ESQUINA DE DEFENSA E INDEPENDENCIA
19 ago 2009 Notas semanales
(Buenos Aires-Argentina-EL EMILIO)
Adelanto de lo que será el documento definitivo Carta / 6 que el Espacio CARTA ABIERTA dará a conocer próximamente.
No somos mujeres y hombres del escándalo, nuestras conciencias no son saltimbanquis de la alarma. Al contrario: los hechos graves como el de la pobreza de amplios sectores de la población nos atañen. La pobreza atañe al fondo último de nuestros compromisos, la idea de igualdad, nuestras antiguas y recientes militancias. Nos compete, nos atraviesa. Por eso podemos decir: no nos escandaliza. El escándalo es gesto espectacular y ademán avieso. El rostro de los pobres se vuelve superficie de inscripción de llamados evangélicos, sacralidades disponibles, obsceno plano televisivo y objeto de malversación política. Nos atañen tanto las vidas dañadas por la miseria como su circulación en un imaginario que las despoja de creación, potencia y libertad.
Un presidente que desguazó las anteriores tramas sociales pudo decir “pobres habrá siempre” mientras creaba las condiciones para un inédito hundimiento de los salarios y los empleos. La conmoción del 2001 hizo visibles a contingentes de desocupados que habían encontrado en su exclusión el ímpetu para un descubrimiento de sus propias facultades organizativas y políticas. El gobierno iniciado en 2003 pensó al trabajo como una vía de recuperación de la dignidad para los desposeídos. Expansión del empleo y paritarias fueron las llaves precisas y, a la vez, el horizonte deseado. Detenido el ciclo, en la tormenta del mundo, la pobreza se hizo tópico de lo irresuelto. También, núcleo rutilante de una confrontación que es necesario deshojar.
En una iglesia de Liniers, en los palacios vaticanos, en los palcos ruralistas y en los grandes medios se agitan hilos que provienen del mismo ovillo. Ovillo que es idea: es posible aunar la mayor riqueza -dada por la propiedad privada de ciertos recursos- con la asistencia caritativa a los más pobres. Campo y Cáritas. Soja y comedor popular. Para que ese enlace sea fructífero y económico debe prescindir de lo que es visto como poder coercitivo y expoliador: el Estado. Y también del enlace de la cuestión de la pobreza con los temas de la justicia y la igualdad. Pobres habrá siempre, para atenderlos está Cáritas. La limosna es la vía celeste para unos y la sobrevivencia menoscabada para otros. Contra ella es necesario volver a situar la defensa de lo público, el engarce de la cuestión social con otros modos de la justicia y la apuesta no a la victimización de lo popular sino a su recreación política.
¿La justicia pendiente del presente no está ligada a la justicia respecto de un pasado criminal? ¿No está la deuda social impaga vinculada a una renovada reflexión sobre las condiciones de una redistribución del ingreso que afecte no sólo a los trabajadores en blanco? ¿Es posible encarar medidas imprescindibles, como un plan orientado a la resolución de las necesidades alimentarias de la población, que tenga alcance nacional y solidez nutricional, sin herramientas impositivas y recaudatorias? Sin retenciones hay limosna. Con retenciones: debate público y politización.
Decir eso suena a mala palabra: ¡quiénes son los extraviados que en el contexto de un ataque masivo a la política reclaman mayor politización! Nosotros: en la intersección, ya lo decimos, de Defensa e Independencia. En otras esquinas priman otros tonos: la indignación y la sospecha. El hombre típico de Corrientes y Esmeralda es hoy alguien que sospecha. Alguien que ve, tras los discursos y los valores de la política, una razón oscura que sería su verdadero sentido. Una razón material, crematística, que funcionaría como hilo explicativo de toda conducta pública. ¡Quién les paga!, es el grito de guerra en una Argentina con una larga devastación de las conductas políticas. Contemporáneo a ese sentimiento está el de la indignación, el ademán del usuario enojado, del ciudadano reclamante, del movilero agitado en persecuciones varias, del periodista de piso que frunce el ceño. ¡Hasta cuándo!, resuena como eco. Entre la sospecha y la indignación se sumerge la vida política del país. Quizás el ejemplo más claro de esto es la mutación de la condición del lector en gritón de los diarios digitales: ya no es el que acude a un encuentro con lo desconocido -que le exige no poca disposición amorosa para comprender- sino el que lee como excusa para el rezongo o la suspicacia insidiosa. Es el rumor mismo, la pasión arraigada en los subsuelos de los modos de vida que agrieta los cimientos mismos de lo público. Alimentados por una larga historia de desalientos y exacciones. Recreados como fábula moral en las usinas mediáticas. La nueva derecha vive en esos relatos y hace de ellos santo y seña.
Hoy esos ríos profundos de la vida contemporánea minan las bases de la gobernabilidad. Lo hacen ahora con el gobierno nacional. Lo harán luego contra otras representaciones. Lo que en su momento llamamos destituyente es eso: una articulación y un impulso, una organización de sentimientos difusos para dirigirlos, sin pausa y sin errancia, contra un objetivo determinado. Por eso los jefes de ese movimiento no son hombres de la política, aunque ellos pretendan usufructuar sus resultados inmediatos. En el fondo se intuyen las futuras víctimas si no logran pactar con ese sordo rumor. Nadie es creíble, nadie está firme. Parecen a salvo aquellos que se escudan en el reconocimiento directo de las razones mercantiles: los que declaman sus historias empresarias, los que piensan la política como un momento más de la expansión de los negocios. Bajo sospecha quedan aquellos que intentan recurrir a los discursos ideológicos o a las tradiciones políticas. Los que confiesan se convierten en testigos protegidos del juicio al entero sistema partidario.
¿Puede reconstituirse lo público en un tembladeral animado por esas fuerzas sentimentales y anímicas? ¿Puede reconstituirse lo público amenazado por la sensibilidad del miedo, la sospecha y la indignación? ¿Qué política podrá sustraerse de esa atmósfera en la que se reclama el reino desembozado de los intereses privados, porque finalmente serían los únicos sinceros?
Una elección parlamentaria ha transcurrido hace algunas semanas. Los resultados fueron adversos para el proyecto que desde estas cartas acompañamos. En cierto sentido, las advertencias que recorrían los escritos anteriores fueron confirmadas: crecieron electoralmente los adalides de la restauración conservadora, fueron ungidos los que debaten en sus gabinetes cerrados si apurar el paso hasta la caída o dejar llegar las cosas -el gobierno exánime- hasta el 2011. El triunfo de Unión Pro en la provincia de Buenos Aires, con un candidato que exhibe como méritos una caudalosa fortuna y destrezas televisivas, pone en evidencia la articulación política de los rasgos profundos de la época: el llamado a la desnuda presencia de las razones mercantiles como latir vital de la actividad pública y la mediatización de la política, convertida en mero apéndice de ficciones publicitarias que toman inspiraciones épicas -en una época que sin embargo pretenden disciplinada por las grandes fuerzas corporativas económicas- y se basan en idealizaciones de la vida popular -cuando estamos en un tiempo en que lo popular resiste dificultosamente la segmentación brutal de las experiencias colectivas-. Esos rasgos no los inventó la derecha. A lo sumo, sus políticos y publicistas son los que más descarnadamente, sin culpa y sin velos, los incorporan y expanden y por ello pueden recibir los mejores dividendos. Los que se mueven como peces en el agua en la sociedad del espectáculo.
La elección de junio hizo visible la debilidad en la construcción de otra escena para la política. De una escena en la que las fuerzas provengan de la militancia popular y no de las mediciones de rating, en la que los candidatos y funcionarios se elijan menos por la opinión pública y más por sus compromisos persistentes, en la que los diálogos tengan menos de representación de roles que de apertura a problemas, en la que el voto se dirima por la defensa de las condiciones reales de vida y no por la presión de los conjurados mediáticos. ¿No serían éstos menos eficaces en su monserga destituyente si estuvieran menos impagas las deudas sociales? Al gobierno lo atacan los jefes agromediáticos por sus aciertos y no por sus errores. Pero en las urnas perdió también por sus traspiés, sus titubeos, sus debilidades. En manos de un electorado que parece más tomado por el desánimo o la apatía que por el entusiasta abrazo a las consignas de derecha.
La restauración conservadora está en curso y en ella se unifican poderes corporativos -el empresariado nucleado en AEA, la airada mesa de enlace, el bloque mediático y algunos políticos-. Sin embargo no puede pavonearse de legitimidad por el resultado electoral. Porque no está mellada la capacidad gubernamental y porque en los cuartos oscuros también fueron ungidas representaciones parlamentarias que arrojan a la escena problemas necesarios de ser tratados en pos de una sociedad más equitativa y justa.
Si el proceso abierto en el 2003 estuviera cerrado, si sólo quedase la organización de una retirada ordenada, el gesto de la crítica sería intento de autoexclusión de la derrota. Una precaria salvación. Por el contrario, si hay que mencionar errores es en función de otra hipótesis: la de que hay un núcleo de valores fundamentales de este proceso que es necesario no sólo defender sino expandir en los próximos dos años. Y que se defienden y se expanden si hay capacidad de reinventar a la vez políticas de gobierno y de impulso de las autónomas voluntades militantes. Si hay capacidad de pensar como interlocutores no a las corporaciones con sus poderes de veto y sus agitadas amenazas sino a los argentinos de a pie: a esos que tienen el poder de su reunión, su fuerza y su voluntad.
Las urnas hablaron, pero su mensaje no tiene por qué ser aquel que los personeros de la destitución creen escuchar. Al contrario, muchos leyeron en ellas el llamado a un activismo renovado, capaz de procurar ámbitos de encuentro, creación de ideas en común, imaginativas defensas de lo público. En algunos lugares el nombre de Carta abierta bautizó esas experiencias que cavan el presente no sólo para atrincherarse en la prioritaria defensa de un gobierno legítimo sino también para encontrar los destellos de una política renacida. En muchas ciudades los hombres se reúnen en Defensa e Independencia. Quizás porque esa esquina siempre esté en el núcleo más íntimo de nuestras búsquedas.
No venimos aquí, al púlpito de la esquina, a presentar la cartilla para la reconstrucción de una militancia popular. Por el contrario: venimos a decir que estamos perplejos y asombrados. Que a la vez que hay indicios de la posibilidad cierta de una catástrofe conservadora hay un énfasis del gobierno en no retroceder en sus decisiones fundamentales y los hay también de una múltiple voluntad colectiva. Podríamos decir: falta la construcción. Nos privamos de hacerlo, para que quede el vacío ruidoso de aquello que no sabemos ni qué sería ni cómo se hace. Apenas intuimos, y que valga como susurro, que mucho de pasión por el presente, de donación a los entusiasmos de lo que viene y de renuncia a las rigideces del pasado, serán actitudes necesarias.
¿Estamos pidiendo más a un gobierno cuya existencia está, sin dudas, amenazada? ¿Estamos concurriendo a la conjura de las exigencias que pueden alterar la vida institucional? ¿Es tiempo de solicitar, una vez más, profundización de los cambios, o sólo se trata de apegarnos a los hechos, a un realismo de la continuidad, para evitar lo peor: la desestabilización, el ascenso brusco de las derechas, el triunfo de las más radicales presiones corporativas, el escenario hondureño? El gobierno está sitiado. Por una confluencia que quizás nadie pueda detener. En el sitio conjuga gestos defensivos, audacias inesperadas y perseverantes compromisos. Entre estos últimos, la actitud de condena frente al golpe en Honduras ante la indiferencia de muchos e incluso la crítica obtusa ante la decisión de la Presidenta de ir al lugar de los hechos para dejar claro que la recuperación democrática en ese país no sólo reclama la acción de las cancillerías o de las instancias diplomáticas internacionales. Honduras nos atañe. Habla de nosotros. Como Argentina habla de Bolivia. Y Bolivia de Venezuela. Y Venezuela de Ecuador. Destinos cruzados y necesidades mutuas en un contexto signado por la expansión de la presencia estadounidense en Colombia de un modo que remeda, amenazante, las viejas prácticas imperiales.
En cuanto a la actitud que el gobierno de Cristina Fernández debiera tener en esta situación amenazada, algunos prescriben concesiones ante grupos de presión; otros la defensa de las políticas económicas sostenidas. Si solicitamos más, es porque consideramos que esa defensa sólo puede desplegarse sobre la constitución de un horizonte político, sobre el hallazgo colectivo de un proyecto que exceda y desborde la actualidad, sobre el sueño común de reinvención de lo público. Sin esa dimensión utópica, sin esa perspectiva que reinscriba los hechos cotidianos en un relato que los excede y potencia, no hay renovación de las posibilidades gubernamentales pero tampoco de las políticas populares. La idea de cambio fue, publicitariamente, capturada por las derechas mientras el gobierno hizo campañas de reivindicación de lo hecho. Pero la política no es el cierre sobre el presente, salvo que se resigne a devenir administración de lo dado. Es desde las fuerzas que efectivamente han transformado mucho en este país y en estos años, desde las fuerzas que han puesto en discusión razones profundas de la transformación social, que se debe recuperar la invocación al cambio. El llamado a la construcción de una sociedad emancipada de sus grilletes y reparadora de sus injusticias.
Se hizo, es cierto. Defendemos lo hecho. Pero lo que pende es fundamental: la reposición de las instituciones estatales en las condiciones de producción contemporáneas, el planteo de un sistema impositivo que tenga un carácter progresivo o desplegar nuevas regulaciones al capital financiero, son algunas. Otras ya las hemos mencionado. Insistimos: no como gestores de un balance de una empresa en quiebra. Sino como trabajadores de su recuperación. La nación está en juego. Y las vísperas del bicentenario podrían ser ocasión de una apuesta imaginativa que desborde los fastos conmemorativos y los rituales previsibles. De una apuesta que incluya los temas postergados de la emancipación, como la relación entre la nación y las comunidades culturales y étnicas que la precedieron. La reivindicación de los pueblos originarios presupone una profunda invitación a poner en cuestión los fundamentos culturales que nos cobijan, no para abandonar los que nos son comunes sino para que nos sean comunes los que surjan de nuevas revisiones históricas.
La idea de que es necesario reabrir las posibilidades de la historia, no puede escindirse de la emergencia renovada de organizaciones populares. ¿A quién le habla el gobierno cuando habla?, es una pregunta que si notoriamente está vinculada con los estilos comunicacionales dice también sobre cuestiones estratégicas. Porque a la escena de las presiones de las corporaciones patronales sólo se la combate con una escena de escucha y conversación con los partidos políticos populares y con los movimientos sociales. Y a la escena de los titiriteros mediáticos se la confronta no sólo con medios públicos -que son necesarios-, no sólo con la democratización que supone una ley de servicios audiovisuales -que es urgente e imprescindible-, sino también con una escena política autonomizada de la lógica mediática. Incluso, la que ocurra en los esfuerzos últimos que realicemos para que nuestra propia conciencia vuelva a albergar la noción básica de autonomía crítica, ética de convicción y templadas responsabilidades para reconstruir un sentido de verdad ante las derechas que en el vaciadero de los conceptos, se revisten con los viejos temas de las izquierdas. No es que las ideologías hayan desaparecido, sino que se las modula como una más de las mercancías que se le ofrecen al consumidor.
Alguna vez dijimos que a las acciones de este gobierno, incluso a algunas de las más relevantes, les faltaba lo previo: una cierta elaboración en la cual se inscribieran con la fuerza necesaria, pero también su enhebramiento con un entramado de voluntades y activismo, capaz de proponer temas, de situar problemas, de hacer y defender políticas. No se trata sólo del horizonte político futuro. Incluso la institucionalidad gubernamental requiere, para sustentarse sin graves cesiones a los poderes corporativos -que encuentran hoy en el empresariado más concentrado un programa completo de transformación de la economía argentina- , de una revitalización de las organizaciones populares.
Eso que falta es necesario para preservar los aspectos más profundos y relevantes de estos años. Para preservar y expandir la política de derechos humanos; la integración regional; los derechos laborales; decisiones soberanas respecto de los organismos financieros internacionales; instituciones de defensa alejadas de las doctrinas de la represión; la inversión de recursos en ciencia y técnica. Preservar y expandir es, también, ir más allá de una concepción economicista que sitúa al crecimiento como estrategia rectora última. La crisis mundial dejó interrumpido ese camino de expansión de la inversión, empleo y mercado interno. La idea de distribución de la riqueza vino asociada no sólo a un retintineo promisorio sino a la efectiva reactivación de la economía. La crisis afecta ese despliegue, que quizás tenía núcleos internos que lo volvían ciego ante ciertas situaciones de exclusión y desigualdad social.
El debate sobre las asignaciones familiares a trabajadores informales o a desocupados, la idea de ingreso universal de ciudadanía, los planes diferenciados para atender situaciones de pobreza, fue postergado en función de una perspectiva economicista. La ausencia de políticas reparatorias que atenuaran las desigualdades dentro del interior del mundo laboral, aligeró como palabras al viento aquellas que nombraban las efectivas medidas de justicia existentes. ¿No tuvieron relación los resultados electorales con esa ausencia? Porque no hay metáfora más errónea que la de traición, que supone a los votantes como seres arrastrados a una decisión cuyo sentido ignoran. Hay, en todo caso, un disgusto, una necesidad, una crítica, que benefició, especialmente, a los dirigentes surgidos de las falanges restauradoras y los gabinetes fantochescos que inventan políticos por encargo. Lamentamos esa decisión emanada de las urnas. Pero no serán las explicaciones consoladoras las que permitan revertirla.
La reversión es posible, pero requiere un modo novedoso de tratar lo público. De volver a considerar lo público. Está en juego eso en la política nacional pero también en la ciudad de Buenos Aires, en esta ciudad con sus plazas en las que se leen estas cartas, con sus edificios sanitarios amenazados por operaciones inmobiliarias, con sus parapoliciales que desalojan espacios comunitarios, con sus jefes de policía que surgen de las más tenebrosas historias de encubrimientos y exacciones. Medidas que pretenden hacer campo raso de lo heterogéneo y de la ciudad laboratorio de la nueva derecha. Nuestra calle, aquí, es Resistencia.
El jefe de gobierno de esta ciudad es un empresario. Como tal parece menos enjuiciable que los hombres de la política. Ante el banquillo del juicio que la sociedad mediática encara, se lo presume inocente. Quizás no del todo, pero sí más que aquellos que hablan más de política que de negocios. Por eso, puede reírse de las combinaciones entre tintorerías y prostíbulos en los barrios pobres de la ciudad. Ha ordenado desalojar huertas y expulsar hombres y mujeres sin techo. Ha burlado a los docentes y a los trabajadores de la salud. Ha imaginado desalojar los antiguos neurosiquiátricos, menos por un libertarismo antimanicomial que por la valorización de los terrenos. Ha nombrado un jefe de policía en cuyo nombre se anuncia la acentuación de estrategias represivas y de funcionamientos corruptos. Perdiendo votos, sin embargo ha ganado las elecciones. Quizás porque en figuras así se condensan las fuerzas anímicas del miedo, la sospecha y la indignación.
No es un problema de los porteños. En Nueva York le pagan a los desocupados un pasaje de ida para privar de su miseria a la ciudad. Pero esta es nuestra ciudad: en ella debemos disputar cada esquina, cada barrio, cada discurso y cada idea. Contra esa articulación reaccionaria, es necesario situar una agenda de recuperación de lo público: del espacio, de las conversaciones, de las políticas, de las instituciones, de los recursos naturales, de las facultades humanas. El mercado, sabemos, es capaz de apropiarse y gestionar todo eso, bajo la lógica de la ganancia y el rendimiento comercial. Y hay políticas estatales que se subordinan a la obediencia de esa lógica. Incluso, algunas políticas nacionales, como la que regula la minería, en la que prima la explotación inmediata antes que el resguardo de los derechos comunitarios. Recuperar lo público es poner en cuestión esos criterios, situarlos en el marco de una discusión que no debe aceptar para sí los límites de lo ya dado, sino que debe constituir el horizonte utópico y realizable de lo porvenir.
Hay mucho que preservar y hay mucho por hacer. Aunque minado por la sospecha y la indignación existe un terreno en el que eso se dirime: la política. Las diversas tradiciones ideológicas que han puesto el acento en lo popular y sus potencias tienen ante sí un desafío mayúsculo: el de considerar su confluencia sin exclusiones, su situación sin mezquindades y el futuro con inédita imaginación.
Aquí en esta esquina somos una suerte de conjurados. En defensa de un conjunto de políticas desplegadas desde el 2003 y del derecho del gobierno a perseverar en ese camino y con la independencia de criterio que nos dan nuestras propias experiencias, valores, ideas. Nuestro llamado al coraje colectivo contra el operativo derrumbe no resuena en el eco de los espacios vacíos. Al contrario, rebota en los cuerpos, se ahínca en los sueños, se intercambia en la reflexión común. Por eso creemos que no se puede hablar de derrota ni de victoria ni nos está dado el tono de la certeza. Sí saber que lo que sucede nos atañe. Y por eso no nos escandaliza.
ESPACIO CARTA ABIERTA
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¿QUIÉN GOBERNARÁ AMÉRICA LATINA EN 2010?
8 jul 2009 Notas semanales
Publicado por Nacional y Popular (NakyPop)
Por Heinz Dieterich
06/07/09
Rebanadas de Realidad
ATTAC
El Grano de Arena-
1. ¿Quién gobernará América Latina en 2010?
El 1 de agosto del 2006 escribí que, una fuerte contraofensiva oligárquica-imperial contra los gobiernos desarrollistas latinoamericanos podía esperarse a partir de 2008/9; el 8 de junio del 2008, que el conflicto del gobierno Kirchner con la oligarquía agraria era suicida y que lo iba a perder; el 8 de mayo del 2009, que Kirchner iba a perder la mayoría en el Congreso.
Todas estas hipótesis (pronósticos) han sido verificadas posteriormente por la realidad latinoamericana, lo que demuestra que la evolución política —aun siendo un fenómeno dinámico-complejo— puede ser prevista con alta probabilidad en sus tendencias de desarrollo.
La pregunta clave para la praxis política en América Latina es, entonces: ¿Cuál será la correlación de poder entre las fuerzas oligárquicas latinoamericanas y los gobiernos desarrollistas, dentro de un año?
Mi pronóstico es que el epicentro del conflicto por la hegemonía latinoamericana será Venezuela, con frentes secundarios en Centroamérica (El Salvador, Honduras, Nicaragua), y que la posibilidad de que el Bolivarianismo venezolano se debilite seriamente, incluso con pérdidas en las elecciones del 2010, es muy real.
2. Honduras y Argentina
El golpe militar en Honduras no tiene mayores perspectivas de consolidarse. Aunque expresa las ansías de las oligarquías guatemaltecas, salvadoreñas y nicaragüenses y cuenta con el apoyo de la red internacional terrorista y clericalfascista, no tendrá el poder necesario para afianzarse ante una decidida y agresiva oposición de los gobiernos latinoamericanos y la resistencia del pueblo hondureño.
Su desenlace más probable es que corra el destino del golpe separatista de Bolivia.
En Argentina, el proyecto de Néstor y Cristina Kirchner fue enterrado con la estrepitosa derrota electoral del domingo pasado.
En su certificado de defunción constan dos causas de muerte: falta de ideas estratégicas y falta de realismo sobre el poder real que rige en la pampa húmeda. Néstor Kirchner acumuló un gran capital político con la superación de la crisis del 2001; pero nunca logró construir una base social orgánica para darle sustentabilidad, ni tampoco plasmarlo en un nuevo proyecto histórico.
Cuando decidieron fiscalizar las megaganancias de la enjaulada bestia argentina (la oligarquía), ésta se liberó y derrotó al “transversalismo”, sin siquiera usar a sus habituales verdugos uniformados.
Ahora, pide la devaluación del peso (20%), el bloqueo de la entrada de Venezuela al Mercosur, el fin de la “chavización” de la “política K” y la revisión de las políticas gubernamentales de aquí al 2011 o en su defecto elecciones anticipadas. Cristina Kirchner dice que no negociará con los dueños del país. ¿Llegará al 2011?
3. Cuba – la crisis de conducción
Cuba se mueve bajo el peso de dos problemas estructurales de conducción: el de la sucesión generacional y el de la parálisis estratégica en la conducción. Muchos de los líderes de la segunda generación revolucionaria, escogidos por la misma dirección de la Revolución , han sido destituidos: Felipe Pérez Roque, Carlos Lage, Roberto Robaina, Otto Rivero, Carlos Valenciaga, entre otros.
A la luz del hecho, de que estos líderes son producto de la educación revolucionaria y de las organizaciones de vanguardia del Partido Comunista de Cuba, la idea del “hombre nuevo” y de la calidad de formación política de cuadros queda seriamente cuestionada.
Es evidente, que el sistema conductor de la Revolución está dividido en torno a dos estrategias de evolución y dos centros de decisión.
Si en el VI Congreso del Partido a fines de este año no se logra unificar las dos posiciones y centros de decisión, el inmovilismo podría llevar al país pronto a una situación de inestabilidad.
4. Venezuela – el mayor peligro del 2010
El mayor peligro de un avance sustantivo de la oligarquía latinoamericana, sin embargo, se encuentra en Venezuela.
Como hemos explicado en otro ensayo (8.2.08), la causa principal es la creciente disfuncionalidad del modelo de gobierno 2003-8, que se encuentra estructuralmente agotado.
Tiene tres déficits estructurales: el económico, el político y el discursivo.
El problema principal en lo económico es la inflación que hará crisis antes de las elecciones del 2010. Alí Rodríguez, el ministro de Finanzas, dijo el 27 de junio del presente en Nueva York, que Venezuela no descarta devaluar su moneda pero que está consciente del impacto que esa medida tendría en los ya altos índices de inflación del país.
El ministro pronosticó que la inflación cerrará el 2009 en alrededor de un 28 por ciento y permanecerá “alta” en el 2010.
Hace apenas tres meses, el ministro había sostenido que la inflación en Venezuela podría concluir, al cierre del 2009, por debajo del 20%.
Considerando que en ninguno de los últimos años el gobierno ha alcanzado ni remotamente las metas inflacionarias anunciadas y que 2010 es un año electoral crucial, seguido por las elecciones presidenciales del 2012, la tasa inflacionaria oscilará el próximo año probablemente en torno al 32%.
Una devaluación realista del Bolívar la llevaría al terreno de la hiperinflación, es decir, a una situación incontrolable.
Una inflación tan alta tiene dos consecuencias negativas: destruye a la macroeconomía y al gobierno responsable de ella, tanto más cuanto que se da en el marco de una política económica desintegrada y con experimentos populistas (“comunas”) que tienen tanto que ver con el “Socialismo del Siglo XXI”, como los animal spirits de Keynes con los dogmas racionalistas de los neoclásicos.
5. América Latina 2010
Los acontecimientos de los últimos años demuestran que la nueva clase política latinoamericana —Lula, Kirchner, Evo, Rafael Correa, Hugo Chávez, entre otros— ha logrado conquistar un poder considerable frente al imperialismo y a la reacción oligárquica.
Esto es positivo y hay que apoyarla en tal desempeño.
Sin embargo, no ha dado pasos hacia una nueva civilización postcapitalista y no es probable que las dé.
Nuevos sujetos de transformación habrán de cumplir esa misión histórica.
HD/
Rebanadas de Realidad – Redacción: [email protected]
La agencia postmoderna que se quedó en el ´45
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El presente material se edita en Rebanadas por gentileza de Susana Merino, editora del informativo semanal “El Grano de Arena” de ATTAC Internacional
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