El romance del Aniceto y la Francisca + Aniceto
2 may 2011 Arte y Cultura, Cultura, Notas semanales
Buenos Aires, Argentina, UNASUR, EL EMILIO, Cultura
Fuente: http://cineconmagia.wordpress.com
por Daniela Espejo
Pocos directores han decidido reformular sus propias obras. Leonardo Favio dejó pasar más de cuarenta años desde El romance del Aniceto y la Francisca[1] (1967) y su último filme, Aniceto (2008), ambas obras basadas en el cuento de su hermano, Jorge Zuhair Jury, “El cenizo”. Qué llevó a Favio a hacer una remake de su propia película, debería ser quizás el objeto de una entrevista al creador. Lo que nos ocupa aquí son las diferencias entre ambos films, sus similitudes y en qué forma ambas expresiones responden auténticamente a la poética del director, pero, por supuesto, con recursos y objetivos ciertamente diversos.
Cuarenta años que marcan grandes cambios en el cine argentino y particularmente en el cine de Favio. Aquel film de 1967, segundo largo de Favio como director, rodado en blanco y negro en locaciones de la provincia de Mendoza, pasa a ser en 2008 una coreografía en colores bien teatral y rodada en estudios. Es decir, probablemente, la otra cara de una misma moneda. Sin embargo, si bien las formas cambian, el fondo está intacto. Favio recurre una vez más a su estética de lo sublime, exaltando sentimientos con colores.
La versión de 1967 tiene, como mucho del cine argentino de la época, una estética realista donde los espacios, las actuaciones, los diálogos son humildes y breves. Pero en Favio si bien hay una economía visual en el objeto tratado, no es así en la forma en que se retrata. La cámara está exenta de tanta austeridad. “Existe un contrapunto entre la simplicidad de lo que hay delante de cámara y la forma en que es captado. El punto de vista no es ni objetivo ni depurado ni ascético. Lo que se tiene delante es tal vez despojado, pero no la manera de mirarlo, que es barroca. La naturaleza se convierte en paisaje cuando uno la mira”, sostiene Alberto Farina en su texto analítico sobre el cine de Leonardo Favio[2]. Encuadres, movimientos de cámara, iluminación, composición y montaje establecen un contrapunto notable con la simpleza de la historia, los diálogos y las almas.
Este tipo de cine ciertamente sitúa a Favio dentro de la generación del 60 junto con Manuel Antín, Lautaro Murúa, David José Kohon o Rodolfo Kuhn y muestra su filiación con Leopoldo Torre Nilson, del que fue actor fetiche antes de dedicarse a la dirección. Este grupo de cineastas y sus obras también llevaron en aquel momento el nombre de “Nuevo cine argentino” como la generación de los 90. Sin embargo, la obra de Leonardo Favio no es tan intelectual ni psicológica como la de sus colegas, que miraban a Europa y principalmente a Francia para filmar. Favio se vale más de los mitos populares de provincia y el fatalismo de una clase social post peronismo, dificultada de salir del pozo de la pobreza y la ignorancia, ninguneada y despreciada por la sociedad de Buenos Aires. Fatalismo bien marcado por los antihéroes que van protagonizando su filmografía. Su origen provinciano lo diferencia y lo hace, quizás, más auténtico y argentino.
En Aniceto, esta diferencia se acentúa a gran escala. Cuarenta años después, Favio es uno de los pocos directores / autores que quedan en nuestro país. Su mirada, sin embargo, lejos de aflojar y rendirse, está vívida, vital, desmesurada a más no poder. El color de Aniceto está amplificado desde la luz y los decorados artificiales de forma tal que llega hasta la exasperación. Ya en Nazareno Cruz y el lobo (1975) o Soñar, Soñar (1976) habíamos visto cómo el color daba una nueva veta a la expresión del director, más adecuada a su poética. “El color pone en evidencia la vocación de Favio por la desmesura. Hay directores que solamente pueden filmar en colores (…). En el caso de Favio, un desmesurado, un operístico, el color completa su visión.”[3]
Así también, la voz over que va delineando Aniceto la diferencia de El romance… donde solo aparece al comienzo, recitando el título completo del film. Como en un radioteatro, género que influenció toda la obra del realizador, Favio va contando la historia, pronunciando diálogos silenciosos que se desprenden de las miradas de los personajes. Al comienzo, Aniceto (Hernán Piquín) y la Francisca (Natalia Pelayo) se miran, se reconocen y se hablan a través de la voz over de Favio que los va relacionando.
Sin embargo, la comunicación se establece principalmente a través de la danza, mayormente compuesta por pasos de ballet, que también sutilmente recuerdan un poco al tango y al malambo. Los bailarines / actores son virtuosos en la danza pero no pierden credibilidad en la actuación. No obstante ello, como en la versión original, la película no se destaca por sus diálogos prolongados sino, muy por el contrario, por su acento en coreografías, luces y músicas, lo audiovisual.
Los momentos coreográficos son entonces los que realmente posibilitan la remake. Es esto lo que Favio acentúa, la representación del drama de Aniceto a través de momentos sublimes danzados. Aquí, entonces, se constituye el punto más fuerte de contraste con El romance… donde, más allá de la forma, había una tendencia realista muy marcada. Aniceto es un ballet cinematografiado. No hay intención realista, más bien desmesurada poesía, exaltación, ensoñación, irrealidad.
Se acerca al musical, género por demás popular, pero utilizando el ballet, un arte bien culto, para contar la historia de un antihéroe pueblerino. Aquí nuevamente el contrapunto, que marca toda su obra. En El romance…, la música de Vivaldi junto a las cumbias y el tango. En Favio, la separación de alta y baja cultura no resulta importante. Decide reunirlos una vez más, creando una unión de fuerzas que lo define. En un mismo film, la sofisticación de la danza y los cuerpos virtuosos con las riñas de gallos y las pequeñas traiciones de pequeños pueblos provincianos.
En esta remake, un mismo autor toma su obra y la redefine, la actualiza, la trae al presente para darle su nueva versión. Favio une sus dos épocas definidas por la crítica, la del blanco y negro y la del color, la de la austeridad y la del espectáculo. Une sus fuerzas para dar más espacio a una coherencia intacta en todo su recorrido, a una autenticidad y entrega que esta vez no se limita desde ningún punto de vista y que, justamente por eso, contrasta con todo el cine argentino actual.
Notas
[1] También conocido como “Este es el Romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más.”, texto expresado oralmente al comienzo del film pero que no aparece escrito en los créditos.
[2] Farina, Alberto; “Los directores del cine argentino, Leonardo Favio”, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina con el auspicio del Instituto Nacional de Cinematografía, 1993, pág. 18.
[3] Op. cit., pág. 21.
El presente artículo fue publicado en www.fonoscopio.com.ar N°6 Febrero 2009
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