Algunas reflexiones en torno al conflicto entre Cristina y Moyano

C.A.B.A., Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Política Nacional

“En ese marco de las “primaveras democráticas de la clase media” es, sin embargo, en donde debería buscarse, a nuestro entender, ese paradigma aún mayor que engloba al del libro de Verbitsky (Ezeiza): son los valores de un sector de clase media –el más influyente, el que campea en universidades y medios de comunicación estatales o privados- los que se imponen a la sociedad y dictan lo que es políticamente correcto y lo que debe ser condenado”

Pablo José Hernández

Cristina con Oscar Lescano, un símbolo del sindicalismo menemista

Por Juan Pedro Denaday

Aunque no afrontemos los pronósticos catastróficos que los agoreros de la city practican desde hace tiempo como deporte nacional, es reconocido por todos que la situación de contracción económica internacional no puede más que repercutir en todas las latitudes, incluida la nuestra. La situación económica de Argentina revela los puntos fuertes y las limitaciones de las transformaciones producidas por las tres gestiones desde el 2003. Nuestro país ha ganado en soberanía a través de un conjunto de medidas macro-económicas ampliamente conocidas -las últimas fueron la recuperación de YPF y la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central- que nos permiten afrontan la crisis internacional de una forma muy diferente a si se aplicaran las medidas de la ortodoxia neoliberal, una verdadera irracionalidad que sólo puede estar en la cabeza de economistas formateados por la formación neoclásica. No obstante, Argentina se encuentra en buena medida expuesta no precisamente por lo que dicen los liberales, sino porque todavía mantiene una economía altamente extranjerizada que provoca constante fuga de capitales por giro de divisas, conserva desreguladas y sin carga impositiva buena parte de sus actividades, tiene una estructura oligopolizada en las ramas claves de la economía que le otorga un enorme poder al capital como formador de precios, la renegociación ha aliviado pero no eliminado el peso financiero del pago riguroso de la deuda externa, y aunque ha ampliado considerablemente su mercado interno a través del estímulo de la demanda agregada, en términos estructurales la industrialización es parcial y seguimos en condiciones de fuerte dependencia con respecto a nuestra estructura agraria y su capacidad de colocación en el mercado mundial. Una alteración significativa en los términos de intercambio repercutiría en forma crítica sobre nuestra economía. No se trata de promulgar una autarquía aislacionista que sería ridícula en el mundo actual –otrora ni los llamados “socialismo reales” pretendieron tal cosa, sino que fueron unilateralmente aislados por la acción de las potencias imperialistas- pero si de avanzar en el desarrollo de una economía endógena y auto-sustentada, con actividad privada en función social estratégicamente planificada por el Estado. Eso no puede hacerse de la mano de “burgueses nacionales” con escasa vocación de tales, sino apoyados en el pueblo y los trabajadores organizados.

 

En este contexto, el kirchnerismo ha construido su identidad política y una tropa propia en base a una dicotomía inconmovible forjada al calor del conflicto del 2008. Como ya lo hemos planteado en otro texto (me remito al blog de un amigo con el que hoy no estamos muy de acuerdo: http://masticandonoticias.blogspot.com.ar/2012/02/entre-la-profundizacion-y-la-sintonia.html) el mundo kirchnerista ha quedado preso en buena medida de aquella situación, lo que lo ubica muchas veces en una posición conservadora y muy intolerante en relación a los reclamos sociales y los cuestionamientos políticos. Hay cierta demonización política de los adversarios, incluyendo a quienes aún cuando puedan ser regresivos en su ataque al gobierno tienen todo el derecho a expresarse. Si a esto le sumamos un formato televisivo de los programas cerradamente oficialistas donde se tergiversa y se estigmatiza a todo el que se oponga continua o circunstancialmente al gobierno, la cuestión ya es incluso delicada. Al mismo tiempo, hay una forma de auto-afirmación mediante la circularidad tautológica: como el grupo Clarín quiere que se termine este proyecto de gobierno especialmente por el problema de la Ley de Medios cuyo acatamiento tiene como plazo diciembre de este año y por tanto van a sumarse a todo lo que potencialmente pueda debilitarlo, siempre podrán remacharle a quien los cuestiona el latiguillo “te apoya TN”. ¿Dónde va a hablar Moyano, en 678? Difícilmente lo invitarían, pero en todo caso no es muy efectivo hablarle a lo que Artemio López denomina como “audiencias redundantes”.

 

Esta forma de construcción política viene adquiriendo rasgos cada vez más preocupantemente sectarios. La política no flota en el vacío social ni es plenamente contingente como pretende un Laclau (no es casual que en esa forma de teorizar no se distinga la protesta de un obrero sindicalizado de la de un cacerolero del Barrio Norte), pero todos sabemos que en buena medida es un “arte”. El arte de la conducción política, decía el general Perón. Un buen ejemplo de un líder con capacidades extraordinarias en esas lides, pero que tampoco pudo sustraerse a fuerzas ingobernables que lo excedían, en ocasiones como el aprendiz de brujo. Es ya evidente, que desde la partida de Néstor Kirchner han ocurrido varios cambios en la forma de conducir el proceso político. Se ha visto fortalecido un núcleo duro en torno a la Presidenta Cristina y agrupaciones juveniles y territoriales, cuya bisagra puede considerarse el momento de cierre de listas en el 2011. En un movimiento de larga data como el peronismo esta forma de proceder no puede más que generar rispideces y dejar un tendal de heridos. Muchos de ellos, acomodaticios, convivirán con su disgusto más o menos pronunciado hasta que la dinámica política presente algunas alteraciones. Otros ya están presentando batalla, de forma abierta o solapada.

 

Pero esta lógica excede a la interna del peronismo: hay una forma dicotómica de plantear los debates que roza el fundamentalismo. Quien cuestiona algo, es prácticamente empujado a la oposición. Un montón de ciudadanos, más o menos politizados, coincidimos con aspectos de este gobierno y disentimos en otros. Los planteos dicotómicos son excluyentes. No es casualidad que el kirchnerismo haya fomentado el desarrollo de un “nuevo revisionismo histórico”. El revisionismo histórico (que no es uno, sino varios) ha sido una corriente historiográfica significativa en nuestra historia nacional, cuya reactualización plantea debates interesantes aunque pelea en buena medida con fantasmas imaginarios. En nuestra opinión, el revisionismo histórico tuvo la virtud de plantear un eje de inteligibilidad en torno al problema de la dependencia, así como la honestidad intelectual de explicitar sus fines políticos, mientras otros –algunos, no todos- hacen contrabando ideológico liberal bajo un ropaje “academicista”. En el medio, hay muchos grises de distinta índole. No obstante, como lo ha planteado -entre otros- Federico Neiburg en Los intelectuales y la invención del peronismo, su idea de una lucha cíclica entre “dos argentinas”, donde inalterablemente de un lado están “los buenos” y del otro “los malos”, es un tanto reduccionista. No es tan simple. Pero, además, lo que nos interesa resaltar aquí, es que el kirchnerismo quiere en buena medida vender la piel antes de cazar el oso. Su modelo plantea algunas rupturas pero varias continuidades sustanciales con la estructura económico-social liberal y dependiente definitivamente cristalizada por el mitrismo. Esta actitud se encuentra en buena medida asociada a una construcción que exalta en demasía los aspectos simbólicos e ideológicos por sobre las transformaciones fácticas. En contraste, como es sabido, Perón hizo toda su profunda transformación social sin cuestionar la llamada “historia oficial” y su panteón de héroes, que mantuvieron sus nombres al nacionalizar los ferrocarriles (Mitre, Sarmiento, Urquiza). Su tardía adhesión a la versión “revisionista” de la historia ocurrió en el exilio y estuvo fuertemente asociada a un cálculo de orden político.

 

Los discursos convocando a la “unidad nacional” de Cristina no se condicen con la actitud de su núcleo político y ni siquiera con muchas de sus propias actitudes o discursos, como el que dirigió contra Moyano previamente a la movilización a Plaza de Mayo. No estamos hablando de un grado de conflicto que es insoslayable y además necesario en un proceso de transformación y en la vida democrática misma, sino de los conflictos artificiales e innecesarios. Un discurso cargado de exabruptos e injusticias, aunque no se lo adviertan los adulones y alcahuetes, que siempre han existido, pero ahora sobreabundan en el periodismo y la militancia oficialista. Cuando Perón volvió al país luego de 18 años de exilio había aprendido en buena medida la lección de los equívocos de su segundo gobierno: sin renegar de su anti-liberalismo económico, que fue incluso más marcado que los precedentes (Ver Ricardo Sidicaro, Los tres peronismos), advirtió que se necesitaba de una apertura y una democracia vigorosa en el plano político. Como sabemos esta perspectiva estaba además en buena medida orientada a aislar a la incontrolable violencia política en curso. Las referencias unilaterales de la Presidenta justamente a un proceso tan complejo como el de los 70, donde hubo extremismos y violencias diversas, que en su conjunto facilitaron el golpe de Estado, como lo señaló el líder de la Juventud Sindical, es fundamentalmente de una “enorme irresponsabilidad”. Es curioso en todo caso que le preocupe un pasado incomprobable de Moyano, cuando su asiduo acompañante a los viajes internacionales, Gerardo Martínez de la UOCRA, está seriamente acusado de colaborar con el Batallón 601.

 

Esta inclemencia en el ataque del oficialismo al actual Secretario General de la CGT va a dar como resultado un debilitamiento del sindicalismo y especialmente va a abortar un debate político con el único sector que podía proponérselo al oficialismo dentro de la tradición “nacional”. No es difícil operar contra su figura, dado que el rechazo que genera no es novedad para nadie en un país con un fuerte componente de clase media, social y sobre todo cultural. Allí tal vez se encuentre uno de los límites difícilmente franqueables para su proyección como un “Lula argentino”. Moyano no es una “carmelita descalza”, como ninguno de los actores socio-políticos relevantes de la argentina actual, sea de los mundos sindical, empresarial, periodístico y político. Pero parece que ser “negro y pelo duro” lo hace más peligroso y cuestionable, especialmente más expuesto a las estigmatizaciones y los prejuicios. Lo que si puede ostentar Moyano es un grado de coherencia del que carecen otros sectores del peronismo, sindicales y políticos. El líder camionero está rodeado de un equipo de hombres y sindicatos (Piumato de Judiciales, Schmit de Dragado y Balizamiento, Plaini de Canillitas, el SUTPA y la Juventud Sindical conducida por Facundo Moyano) que han mantenido en alto viejas banderas del sindicalismo peronista bregando por la profundización del modelo en un sentido nacional y popular, cuya tradición se remonta a los programas de La Falda, Huerta Grande y los 26 puntos de Saúl Ubaldini. La diferencia es abismal entre su proceder, un hombre que resistió con su gente en la calle desde principios de los noventa las políticas neoliberales, y Oscar Lescano, con quien se fotografió la Presidenta, que tuvo un record de despedidos y fue cómplice y participe de las privatizaciones y la flexibilización laboral. Deteriorar al moyanismo, para favorecer a estos sectores en un contexto de crisis, no es síntoma de buenos augurios. Acorralado, Moyano también puede estar compelido a cometer errores políticos que pueden ubicarlo en un campo que no es el suyo. Debe cuidarse porque es a lo que apuestan sus detractores “progresistas”.

 

No es la primera vez que sectores del progresismo político atacan al sindicalismo peronista desde teorías que apelan a una suerte de “teoría de las corporaciones”, donde por un lado todas serían iguales independientemente de su contenido social, y por otro se tiene la ilusión de que puedan dejar de existir, cuando son una realidad insoslayable del mundo contemporáneo. A principios de los ochenta la Ley Mucci del alfonsinismo apostaba a debilitar al sindicalismo peronista, como siempre, bajo la bandera de la “democratización”. Un modelo de fragmentación sindical al estilo chileno no puede más que debilitar al sindicalismo por más “democrático” que aparezca formalmente (al respecto me remito a http://www.elortiba.org/notapas1297.html). No es la primera vez tampoco que desde el poder político se ataca al sindicalismo apelando a un verticalismo peronista mal entendido. Claudio Díaz, en su Historia de lucha de los trabajadores y la CGT nos retrotrae a los argumentos esgrimidos cuando Menem puso al sindicalista Jorge Triaca, “dialoguista con la dictadura y tenue con el radicalismo”, al frente del Ministerio de Trabajo: “Esa designación se entendió mucho más cuando, apenas asumido, el propio presidente le declaró la guerra a los gremios en estos términos: “…el sindicalismo no tiene que entrometerse en temas políticos y debe acabar con su permanente actitud de confrontación” (Clarín y La Nación, 29 de julio de 1989). Es decir: del remanido espiche de la democratización sindical instalado por los medios durante el alfonsinismo, se pasaba a la exigencia de contar con gremios lavados y livianos que guardaran los bombos y dejaran de reclamar lo que les correspondía, porque la política les iría “dando respuesta” a medida que pasara el tiempo. Había que congelar la protesta y esa “nociva” costumbre transmitida por Perón de discutir los programas económicos, aunque casi siempre estuvieran hechos, justamente, para disciplinar a los trabajadores”.

 

En verdad, la concepción del peronismo es bien distinta a un mero “estatismo”, sea entreguista o progresista. La filosofía política del justicialismo no sólo cuestionó la separación moderna entre economía y política, sino también la separación de ésta con respecto a la sociedad, la política entendida como un quehacer de élites que expropian mediante la representación el poder-hacer político de las distintas áreas de la vida social, concentrando el poder en el vértice estatal y despolitizando a la sociedad. Porque la política no es sólo un discurso, es pensamiento y es una práctica que debe ser libre, por eso es menester distinguir entre politización y cultura política. Perón consideraba que este proceso tuvo su origen con la revolución francesa al escindir al Estado de la sociedad, y que se expresaba contemporáneamente tanto en el capitalismo liberal que aislaba al individuo y lo insectificaba en su individualismo egoísta, como en los regímenes totalitarios colectivistas donde el Estado aplastaba al individuo y las organizaciones populares. Por eso el líder justicialista consideraba que filosóficamente el peronismo gravitaba en torno a un “colectivismo individualista” y que el pilar del desarrollo de una Comunidad Organizada lo constituye la organización del pueblo, bajo la fórmula “gobierno centralizado, Estado descentralizado y pueblo libre”. Así, en su última obra, El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional de 1974 recomendaba: “Para tener éxito en esta empresa, lo esencial reside en trabajar con los pueblos, y no simplemente con los gobiernos; porque los pueblos están encaminados a una tarea permanente, y los gobiernos muchas veces a una administración circunstancial de la coyuntura histórica”.

Fuente: Realidad y Pensamiento.

LA ECONOMÍA SEGÚN JUAN DOMINGO PERÓN

LECTURA DE VERANO

Por Pedro del Arrabal

Resulta por demás interesante recordar como entendía el Gral Juan Domingo Perón la economía en términos nacionales. Más que nada en épocas donde las estructuras especulativas del capitalismo comienzan a crujir y cuando el sistema comienza a tambalear, básicamente por sus propios vicios, especialmente por el de la codicia. Pero rescato en esta transcripción de estas “sugerencias” del Gral. el último punto. Les pido le presten mucha atención ya que no caben muchas interpretaciones en relación estricta con la actual actividad minera que se desarrolla en el país.

• La dimensión política es previa al ámbito económico.

• El objetivo fundamental es servir a la sociedad como un todo, y al hombre no sólo como sujeto natural sometido a necesidades materiales de subsistencia, sino también como persona moral, intelectual y espiritual.

• La historia nos indica que es imprescindiblemente necesario promover la ética individual primero, desarrollar después la consecuente conducta social y desprender finalmente de ellas la conducta económica.

• En el mundo, está ganando terreno la idea de que el bienestar de los pueblos se halla por encima de las concepciones políticas dogmáticas.

• La realidad me permite afirmar que no somos un país subdesarrollado.

• Nuestra patria tiene todo lo necesario para que sus hijos sientan el gozo infinito de la vida. Dios nos ha brindado riquezas incalculables, sólo falta que asumamos la decisión irrevocable de realizar la empresa que nos aguarda.

• Aquella nación que pierde el control de su economía, pierde su soberanía.

• Si se trata de obtener máximos beneficios consolidando intereses que están en el exterior, los aportes a la economía nacional se alejarán considerablemente de lo que resulta conveniente para el país.

• El hombre es principio y fin de la comunidad organizada, por lo que no puede haber realización histórica que avasalle la libertad de su espíritu.

• Hubo una insuficiente utilización del recurso humano que ha sido deficientemente incorporado en los últimos lustros, de acuerdo con la evidencia surgida de las tasas de desempleo.

• Nuestra comunidad sólo puede realizarse en la medida en que se realice cada uno de los ciudadanos que la integran.

• Para que la planificación sea efectiva no bastan los planes de mediano o largo plazo. Las decisiones concretas de política económica requieren también planes de corto plazo, que deben ser los reales.

• Es necesario, instaurar un inalienable principio de objetividad. No puedo pensar otro criterio de objetividad que no sea la presencia de la voluntad del pueblo como guardián de su propio destino.

• La actividad económica debe dirigirse a fines sociales y no individualistas, respondiendo a los requerimientos del hombre integrado en una comunidad y no a las apetencias personales.

• Debe prevalecer una distribución socialmente justa.

• Al país como comunidad armónica y donde los logros económicos no atentan contra la libertad y la dignidad del hombre.

• Se dan las condiciones para armonizar una estructura económica agropecuaria con una industrial, sin que el progreso de un sector se logre a costas del otro.

• Es respecto de todo proceso productivo que adquiere verdadero sentido el concepto de autosuficiencia y ruptura de la dependencia.

• En la función empresarial el Estado tendrá un papel protagónico o complementario de la acción privada, según que las exigencias.

• Ningún país es realmente libre si no ejerce plenamente el poder de decisión sobre la explotación, uso y comercialización de sus recursos y sobre el empleo de sus factores productivos.

• Es cristianamente inaceptable que este desarrollo se materialice a expensas de los más necesitados.

• Todos deben participar en el esfuerzo, pero todos deben también gozar de los beneficios.

• No podemos olvidar que somos los únicos responsables de los éxitos o fracasos que el País experimenta.

• Sólo podremos exigir el cumplimiento de un compromiso social si previamente facilitamos los medios básicos para llevarlo a cabo.

• La intervención directa en el proceso de comercialización interna y externa, como así también en la fijación de precios que aseguren un beneficio normal y una eliminación de la incertidumbre del futuro, son también responsabilidades que el Estado no debe bajo ningún concepto delegar y menos aún olvidar.

• El progreso económico dependerá exclusivamente de nuestro propio esfuerzo; de allí que el capital extranjero deba tomarse como un complemento y no como factor determinante e irremplazable del desarrollo.

• Si tanto el Estado como el sector privado, comprenden que su meta es la misma – el bienestar de toda la comunidad – la determinación de los límites de acción no puede ser conflictiva.

• Desde el punto de vista del beneficio empresario, el mismo debe guardar estrecha relación con la aspiración de trasladar a la comunidad los frutos del progreso, a través del sistema de precios.

• El primer objetivo de la empresa en una sociedad que quiere justicia social auténtica, no es simplemente el beneficio, sino el servicio al País.

• Cuando hablo de sector privado industrial, me refiero tanto a empresarios como a trabajadores, nucleados unos y otros en sus organizaciones naturales.

• La importación de la tecnología debe ser reducida a lo estrictamente imprescindible.

• No ayuda a la liberación la existencia de estrechos compromisos tecnológicos.

• El Modelo necesita una tecnología que cimente su desarrollo, pero esta necesidad no debe instrumentar la acción de un poderoso factor de dependencia.

• Tenemos que desarrollar en el país la tecnología que nutra permanentemente a nuestra industria.

• El gasto en investigación y desarrollo debe ser tan grande como jamás lo haya sido hasta ahora.

• Sin tecnología nacional no habrá una industria realmente argentina, y sin tal industria podrá existir crecimiento pero nunca desarrollo.

Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde rige la economía de mercado.

Juan Domingo Perón

(Del Modelo argentino para el Proyecto Nacional)

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LA PALABRA SIN SENTIDO

Gentileza de Aldo Battisacco

(Argentina-EL EMILIO)
En nuestro país casi nos estamos acostumbrando a que los procesos sociales y políticos queden en un segundo plano detrás de los protagonistas, muchos acompañados de tics compulsivos, declaraciones no exentas de cimbronazos cuando se trata de puntos de vistas encontrados, y cada vez más frecuentemente, falsamente agudizados por los medios masivos.

En ese terreno se pierden las voces del pueblo, la de los más débiles, la de los excluidos, frente a la maquinaria del discurso único deslucido hasta el aburrimiento, del reportaje repetido en forma y contenido, o las reflexiones que a poco son opiniones descarnadas contra el adversario de turno. Pero si eso no resulta vale el comentario irónico y descalificador en un almuerzo televisado, en un programa de chismes del espectáculo o en una mesa de temas deportivos.

Cómo separar la paja del trigo, es difícil encontrar algo clarificador en la verborragia sin sentido, alguna línea rescatable en un mar de tinta periodística, una imagen que no agreda el sentido de la realidad que nos toca vivir.

Qué hacer para recapturar valores diluidos por años de neoliberalismo, escamoteados por la “prensa grande” como el sentido de la solidaridad o algo intangible como la lealtad, valores insustituibles en cualquier proyecto que se precie de nacional y popular.

Desde hace muchos años el resquebrajamiento de la familia, estratificación de la comunidad organizada, la crisis de identidad nacional abrió una puerta a los actos individualistas, donde la personalidad a sido ocupada por el “vedetismo” y las ideas políticas cercenadas por palabras sueltas, enunciados pobres y aseveraciones que rozan el mamarracho panfletario.
Basta una mirada a la realidad.

Para muchos, la senadora La Torre es una traidora, mientras que Julio Cobos es un demócrata. Del esfuerzo, las luchas y los reclamos de los viejos gringos chacareros forjadores de la Federación Agraria Argentina y el “Grito de Alcorta” a principios del siglo pasado, asistimos hoy, a un enriedo de posturas e intereses antagónicos en el seno de la federación y de la “mesa de enlace” con su matriz conservadora y explotadora.

Sin embargo, muchos de los productores agrarios no están de acuerdo con esas gremiales rurales y otra cosa es la mayoría de los productores rurales que son de carácter familiar, cooperativas, pueblos originarios, que tienen otras formas organizativas y otro sentido comunitario.

En cambio, los dirigentes de las organizaciones patronales exhiben una actitud de confrontación permanente contra el gobierno, desbordan el cauce del reclamo sectorial y se tornan destituyentes, así acarrean los sinsabores del desatino político y expresiones que rayan en la paranoia.

La prueba esta en De Angelis quien tomó para sí el papel de ariete contra el gobierno, hablando por los medios sin ton ni son. Como decía el cura de mi barrio: estos ricos son unos pobres tipos, lo único que tienen es dinero…

Y lo que al principio parecía un justo reclamo sectorial, a poco, quedó a la vista de todos los argentinos; las gremiales rurales buscan desgastar al gobierno sin importarles demasiado las formas y los tiempos de las autoridades y representantes constitucionales que el pueblo eligió.
Hacer alusión a la pobreza es de parte de ellos un acto de hipocresía.

Para recuperar el valor de la palabra como “Valor en la Sociedad ” necesitamos revisar el pasado y repensar el presente después de décadas de autoritarismo.

Como se debe interpretar al Senador Reutteman quien emplea un vocabulario que es la cabal expresión de su forma de pensar conservadora, patronal y burda.

No es simple entender la complejidad de la sociedad, hasta la vice-jefe de la ciudad refiriéndose a los efectos de la crisis económica mundial, afirma públicamente que México está afectado al ser traccionado por los EEUU y el ALCA (confundiéndolo con el NAFTA), pero completó el papelón al decir sobre nuestro país: la Argentina no existe, nada… no existe.

Frente a semejante contexto, con tal contrabando de ideas, mal uso del idioma y ausencia de contenido, cobra especial significado el tratamiento de la Ley de Medios Audiovisuales, como un instrumento fundamental para la democratización de la información, la diversidad de las opiniones y la construcción de un colectivo nacional y popular donde solidaridad y lealtad sean valores incorporados en los medios, así como en nuestra práctica diaria.

Un colectivo abarcador, capaz de contener a los sindicatos como a los trabajadores excluidos, a los estudiantes y a los jubilados, a la ciudad y el campo para definitivamente poder abordar los temas que nos preocupan y tienen palabras definidas: distribución justa de la riqueza, educación y salud gratuitas, generación y sostenimiento de los puestos de trabajo, en resumen: la política al servicio de los hombres y mujeres de la patria.

Juan Carlos Schmid