LA EDUCACIÓN DE AYER, LA DE HOY, SUS ERRORES, Y LA ETERNA DEUDA CON EL PAÍS, Y CON SU FIN ÚLTIMO (EL POR QUÉ Y EL PARA QUÉ DE SU EXISTENCIA)

La enseñanza en nuestra República (Argentina) es extranjera y anti-regional en razón de sus programas, elementos de enseñanza y hasta muchas veces, por sus profesores, porque, si bien es cierto que forman en la fila de los que educandos extranjeros de alta sabiduría y vasta preparación a quienes de mucho somos deudores, también es cierto que infinidad de veces, las autoridades superiores han hecho de lado a talentos y hasta genios argentinos, para favorecer en su lugar a personas, que lejos de ser talentosos, no sólo carecían de las cualidades requeridas para desempeñar bien sus funciones, sino que eran charlatanes o fanfarrones completamente ignorantes de lo que es y tiene nuestra República. ¿Y estos hombres van a formar el espíritu nacional?

Nuestros programas, fuera de no ser nada de científicos sino literario-clásicos, buenos para formar hábiles retóricos e insignes repetidores, pero no un físico, no un químico, no un naturalista, no un artista, no un industrial, no un sociólogo que sepa digerir nuestros hechos sociales, son un reflejo (una copia quizás) de los europeos (¿franceses?) que tapan iniciativas particulares, sino que cierran toda puerta que permitiese sacar la cabeza para ver y estudiar la tierra que pisamos y darnos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Es una educación que enseña a ignorar científicamente la verdad verdadera de las cosas.

Son programas para aguzar el ingenio y elaborar con la imaginación, sin pensar que mal se pueden elaborar materiales que no se han proveído; de aquí que el paciente haga esfuerzos sobrehumanos para aprender, valiéndose de la ayuda que le presta lo poco que ha observado de por sí. Y después que ha aprendido, serios son los aprietos para prestar servicios y ganarse la vida con sus literaturas (porque no todos han de ser literatos hoy día), si no es hombre de fortuna; recién comienza a aprender lo que debió aprender antes. Es entonces que educa su vida práctica, es entonces que observa, es entonces que aprende los precios de las mercancías, es entonces que aprende a distinguir los productos del país, es entonces que aprende a remachar un clavo, hacer una mesa, trabajar un terreno, es entonces que abre los ojos y se hace hombre. Pero este aprendizaje no lo hace en la escuela y con él nunca sería individuo independiente sino esclavo de los demás, empleado, copista, inepto para un trabajo propio y de valor; en fin sería una especie de parásito molesto.

Sin embargo, con todo, no quiero decir que nuestro sistema de enseñanza sea completamente malo, pero padece de enfermedades que es necesario curar.

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Este pequeño fragmento, elaborado con muy interesantes sentencias, pertenece a la obra “Museos escolares y la escuela moderna” escrita por Victor Mercante en 1893 y rescatado por nuestro Maestro y guía Gustavo F.J. Cirigliano en su trabajo “Educación y futuro” publicado en 1967.

Lamentablemente, textos como estos, y para aquellos que venimos padeciendo los diferentes proyectos educativos antinacionales (o antiproyectos) a lo largo de los últimos 50 años, y de los cuales damos cuenta en diferentes notas publicadas en nuestra revista (Ver en www.revistaelemilio.com.ar), no hacen otra cosa que corroborar nuestros pareceres. Numerosos trabajos de campo y meticulosos estudios sobre las diferentes currículas y lo que éstas establecían en relación con los contenidos que se debían enseñar, tomando como referencia el período 1955-2005, nos permitieron concluir que la desgracia estaba en el nivel y grado de colonización pedagógica que operaba en la mentalidad de los diferentes decididores que, en materia de Políticas Educativas Nacionales, actuaron en ese período.

Pero del texto anterior, el lector puede concluir que nos hemos equivocado feo en la extensión del periodo. Los errores no tienen 50 años, ya llevan 115 años.

Aunque tenemos nuestras serias dudas sobre si se trataron de errores humanos, o de aviesas actitudes de “cultos” personajes, emparentadas con el servilismo cipayo.

Con la mano en el corazón, me inclino por la segunda.

Pedro del Arrabal

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