Evita: Capitana de la Batalla Cultural (2da parte)

Posadas, Misiones, Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Cuestiones históricas

(Continuación)

La Historia: Madre de todas las batallas

Por Maximiliano Pedranzini*

Para EL EMILIO

 Polémica historiográfica es sin duda, pero aún más una polémica de matiz política que se reedita en este presente. Es por eso que no hay que huirle a las polémicas, por el contrario, hay que tomar postura frente a este tipo de acontecimientos.

No debemos hacer a un lado la discusión en torno a los personajes que trascendieron el devenir histórico del país. El concepto de polémica no sólo caracteriza a la figura de Eva Perón, sino también a la de Julio Roca, dependiendo la posición ideológica desde donde miremos el pasado y el sentido que les imprimamos a los protagonistas de nuestra historia.

En esto tenemos que ser justos. Si Evita despertaba un conjunto de sentimientos encontrados durante su existencia en la vida pública del país, ¿qué despertaba Roca en el pueblo argentino? ¿O solo debemos atenernos a lo que nos relata la historia oficial?

Recién en estos tiempos donde el revisionismo histórico toma un papel preponderante en la escena nacional y la opinión pública, se escuchan esos gritos que fueron silenciados. No sólo el de sus detractores políticos e historiográficos, sino de los herederos de su política genocida: Los Pueblos Originarios. Quienes sufrieron a sangre y fuego el arrebato de sus tierras en la Patagonia. La empresa de la conquista generó un suculento beneficio de 10 millones de hectáreas concentradas en latifundios que serían repartidos entre 300 familias patricias. Esto pondría felices a todo el elenco oligárquico, ya sean roquistas o mitristas.

Lo que nos muestra que la clase dominante no tiene grandes contradicciones y es consecuente consigo misma a la hora de instaurar un proyecto de dominación, dirija quien dirija.

Ahora bien, cuando la figura de Evita tocó el suelo de la escena pública, la oligarquía pegó el grito en cielo, un grito cargado de un odio visceral que irritaba a la clase dominante y sobre todo a las mujeres de la aristocracia, que no toleraban que una mujer adulterina proveniente de una familia humilde haya llegado tan lejos, algo que ninguna otra mujer fue capaz de alcanzar hasta ese momento.

Evita en el discurso de despedida en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1951, uno de los más emotivos decía: “Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria. Yo sé que Dios está con nosotros, porque está con los humildes y desprecia la soberbia de la oligarquía. Por eso, la victoria será nuestra. Tendremos que alcanzarla tarde o temprano, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Mis descamisados: yo quisiera decirles muchas cosas, pero los médicos me han prohibido hablar. Yo les dejo mi corazón y les digo que estoy segura, como es mi deseo, que pronto estaré en la lucha, con más fuerza y con más amor, para luchar por este pueblo, al que tanto amo, como lo amo a Perón” (Eva Perón, Discurso en el Día de la Lealtad peronista, 17 de octubre de 1951).

Estas palabras resumen de alguna manera lo que Evita buscaba para el pueblo, y eso la situaba en las antípodas de la oligarquía. Oligarquía que había tolerado en 1912 la reforma que posibilitó que muchos sectores que jamás pudieron votar lo hicieran, rompiendo con el fraude patriótico que dominaba la política de ese tiempo. Pero el ascenso de una mujer a la esfera pública, eso era inaceptable.

Por eso intentaremos plantear esto en el marco de la actual coyuntura que pone a Eva Perón como nueva imagen de un billete nacional por primera vez en nuestra historia, algo impensado hace unos años atrás, que quita ha uno de los principales personajes de la oligarquía que dominó el orden nacional.

Roca, quien en los tiempos del neoliberalismo ha adornado con su rostro el billete de más valor, lo que pone de manifiesto el poder de una clase que ha dominado nuestro país y su historia, y en qué contexto histórico se lo enarbola como el máximo prócer que debe ocupar el billete más importante de uso corriente de un país.

Signo más que elocuente del proyecto que estaba imperando en nuestra patria. El de la hegemonía norteamericana producto del corolario de la guerra Fría que ponía a la Argentina de rodillas y a un pueblo sometido, derrotado por décadas de represión, censura, fusilamientos, torturas y un genocidio que salió del riñón del Estado, un Estado terrorista que arrasó con toda una generación, clave para torcer el rumbo del devenir histórico y construir un mejor porvenir.

Ergo, se generaron las condiciones objetivas para que esto sea posible; el resto del plan quedaba en manos de un sector que se readecuó y manejó los hilos del aparato político que le serviría para cumplir con su objetivo: desmantelar el Estado y entregar a manos de capitales multinacionales el patrimonio nacional. Y la figura de Roca simboliza esta etapa. No fue casualidad su colocación por parte del gobierno de Menem: Constructor del Estado y artífice de la organización nacional. No hay dudas de que Menem simbólicamente quería emular al realizador de la “Campaña del desierto”. Pero desde el lugar del genocidio, aplicando las políticas neoliberales que devastarían a los sectores trabajadores, sumiendo al país en la brecha de desigualdad más grande que haya vivido la historia argentina.

Sin embargo, se logró algo inédito: cambiar la nefasta imagen de Julio Argentino Roca del billete de 100 pesos y poner nada más y nada menos que una mujer, un hito histórico por donde se lo mire. Esto sin dudas supera cualquier expectativa y más en los sectores reaccionarios que se habrán ofuscados por semejante noticia.

Este es un paso importante en este intento de desmonumentar a Roca. Y es aquí donde para muchos empieza el debate. La discordia entre quien debe ser quitado primero, si Roca o Mitre. Este último, no cabe la menor duda que ha sido uno de los genocidas más despiadados que ha tenido nuestra historia, y que éste fue escrita con la sangre de los indígenas y los gauchos que fue asesinando durante sus campañas por su pluma indubitable, diseñando la historia oficial que hasta hoy predomina en los contenidos curriculares de las escuelas, pero como bien sabemos, está mostrando sus fisuras y es fuertemente cuestionada.

Es aquí donde no tenemos que dejar que las disputas internas entre los que toman partido por Mitre o Roca oscurezcan el debate. Ni tampoco caer en el absurdo planteo para definir quién de los dos es el campeón de los asesinos, donde el ganador es el que haya matado mayor cantidad de indios y gauchos, como si nuestra historia fuese un torneo de tiro al blanco. ¿Hasta qué punto es relevante conocer esta información? Indefectiblemente de los argumentos históricos que surjan en pos de uno y otro, tengamos bien en claro que ambos -a pesar de las diferencias notorias- pertenecen a una misma clase, que como en todas las clases sociales habitan disputas por quien tiene el liderazgo y el poder de una nación, pero en definitiva los intereses siguen siendo los mismos, que no son precisamente los intereses populares. Aunque el pueblo sea carne de cañón por parte de algunas de estas figuras que, con arraigos pseudopopulistas, han demostrado no tener escrúpulos al hora de enviarlo al matadero en sus disputas de poder. En definitiva, ¿quién se iba a acordar de todos esos lumpenes muertos? Terminarán tirados boca arriba para después saber que su sacrificio sólo serviría para que uno de ellos se perpetuara en el poder hasta su apacible muerte entrada la primera década del siglo XX.

¿Acaso Mitre y Roca representan intereses contrapuestos, proyectos de nación distintos? ¿Podemos decir a grandes rasgos que Roca era verdaderamente el antagonista de Mitre? ¿O el antagonismo real era con el proyecto federal comandado por Rosas, los caudillos del interior como Quiroga, El Chacho Peñaloza y Felipe Varela, y el Paraguay de Solano López? ¿O los intereses se entrecruzaban debido a que cada uno representaba a sus respectivas coordenadas geográficas (uno en el Buenos Aires centralista y el otro en el interior provinciano)?

Creemos que no. Ambos le rendían culto a un mismo Dios: El capital británico. Y la ofrenda era la misma: La vaca y el trigo. Más que un severo antagonismo estamos en presencia de una disputa de poder intraoligárquico. Efectivamente, con Mitre se inicia el proceso político y económico semicolonial a partir de la Batalla de Caseros en 1852 y finalmente con la de Batalla de Pavón en 1861, donde se definió los destinos del país, encontrando su auge en la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, que se desarrolla entre 1864 y 1870. Pero sus sucesores -Sarmiento y Avellaneda- irían edificando ese Estado oligárquico que abriría el terreno para su consolidación en 1880 bajo el ala roquista.

Del mismo modo, tampoco creemos que sea más sencillo derrumbar la estatua de uno u otro, como decíamos anteriormente, es la acumulación de coyunturas la que nos posibilita realizar acciones y éstas son emergentes de una determinada situación en particular como es el caso del billete u otra expresión simbólica de envergadura.

Pero en esta falsa dicotomía entre Mitre y Roca, es evidente que la impronta ideológico-cultural que dejó Mitre se siga reproduciendo, corporizado en el diario La Nación que fundase en 1870, siendo como expresa su lema “una tribuna de doctrina”, claro está la de la derecha conservadora.

En efecto, La Nación es el Mitre del presente, continuando con esa misma lógica discursiva los herederos del apellido Mitre, consecuentes con la ideología y los intereses de su estirpe clasista. Bien, mientras que la historia oficial escolarizada y el diario La Nación son el Mitre de estos días, los monumentos y las calles personifican el Roca del pasado abriéndose paso en el presente, y esto no es una contienda menor.

Pero para el agrado de muchos luchadores de esta causa, se logró finalmente sacar a Roca de ese billete, proceso que será gradual a medida que pase el tiempo, a pesar de que no se haya cumplido con ese deseo. Para aquellos cuestionadores de esto, sin asomarse a las estrategias coyunturales que operan la realidad del presente: ¿no hubiera sido algo similar si se sacaba del billete de 2 pesos la imagen de Mitre? Hubiéramos caído en la misma discusión que nos lleva al único callejón sin salida de la historiografía: el reduccionismo.

Como pasara con el billete de un peso, quien tenía gravado como imagen a otro prócer de la oligarquía, Carlos Pellegrini, y que a fines de la década de los ´90 con la circulación de la moneda de este mismo valor dispuesto por el BCRA, el viejo billete de un peso sería reemplazado gradualmente por la moneda, lo que en ese entonces no generó un escándalo, claro, era el billete de 1 peso, no el de 100, total que borraran a Pellegrini no iba ha incomodar a la élite dominante, prócer menor aseverarían.

Sin que muchos lo sospechen, por este mismo camino marcha el billete de 2 pesos, quien tiene al excelentísimo Padre de la historia oficial y fundador de uno de los diarios más leídos por las clases media y alta del país que, además de formar opinión política, colabora a favor de los golpes en contra de la democracia. Desde el 12 de diciembre de 2011 comenzaron a circular estas monedas en conmemoración con el Bicentenario de la Revolución de Mayo, y que pretende sustituir -como sucediera con el añorado billete de 1- al avejentado billete de 2 pesos con la simpática carita de Mitre.

Quizás, esto ponga contento a más de uno que viene criticando la salida de Roca y la permanencia de Mitre en los billetes. Pero a no desesperarse. Tarde o temprano todos se terminarán yendo, o por la puerta grande como lo hizo Roca en el acto de presentación del nuevo billete o por la puerta de servicio, la más pequeña y silenciosa. Esa pasa desapercibida y muchas veces no nos damos cuenta.

Como vemos, el pasado toma forma inhóspita en el presente que toma la forma de un diario, y nosotros somos testigos muchas veces ciegos que no percibimos esta espectral presencia, invisible a los sentidos. El espíritu oligárquico de Mitre sigue vigente en sus páginas y continua formando la opinión de un basto sector de nuestra sociedad.

De este modo, Raúl Scalabrini Ortiz analiza de manera brillante el rol trascendental que juegan los diarios como instrumento de opresión, y dice: “La prensa argentina es actualmente el arma más eficaz de la dominación británica. Es un arma traidora como el estilete, que hiere sin dejar huella. Un libro permanece, está en su anaquel para que lo confrontemos y ratifiquemos o denunciemos sus afirmaciones. El diario pasa. Tienen una vida efímera. Pronto se transforma en mantel o en envoltorio, pero en el espíritu desprevenido del lector va dejando un sedimento cotidiano en que se asientan, forzosamente las opiniones. Las creencias que el diario difunde son irrebatibles, porque el testimonio desparece” (R. Scalabrini Ortiz, Política Británica en el Río de la Plata, 4ª ed., Buenos Aires, Plus Ultra, 1965).

¿Qué valor toma en este tiempo sacar a Roca del billete? El más importante y estratégico en términos simbólicos, pero principalmente históricos; una ruptura con lo que creíamos intocable, inamovible, que tenía bien acostumbrada a nuestra conciencia a esa imagen impoluta que inmortalizaba al prócer y mantenía vivo su mito.

Pero a los mitos cuando se los historiza dejan de ser mito y pasan ha convertirse en hechos cuestionables. Esto le pasó a Roca y al resto de los próceres de la oligarquía. Bien hemos visto como se presentan las coyunturas políticas, y en éstas la oportunidad de lograr pequeños triunfos en la batalla cultural.

Pero no seamos tan ingenuos en decir caprichosamente “quitemos a todos o no quitemos a ninguno”. Las reivindicaciones, sean cuales sean, no se pueden conquistar todas juntas envueltas en paquete listo para ser abierto. No se consigue de la noche a la mañana, sino de a poco, esperando el momento oportuno que marcan los tiempos políticos. O entrar en discusiones vanas para ver quien es más o menos asesino.

Los argumentos científicos que resumen los acontecimientos de nuestro pasado existen y son más que clarificadores a la hora de poner en perspectiva quién fue quién y cómo actuaba. Pero la notable coincidencia es que todos pertenecen a la misma clase social. Las tensiones que existan (lo algunos llaman falsamente “antagonismos”) son disputas de poder internos al territorio de la misma clase.

La oligarquía terrateniente era una hidra de mil cabezas, cada una de ellas con los rostros de Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y sus respectivos sucesores. Un monstruo que con distintas cabezas iría resurgiendo en varios momentos de nuestra historia. Cambiar a un oligarca por otro. Esto refuerza la idea de que los tiempos políticos no son iguales a los tiempos históricos, y esto es algo que hay que entender, a pesar de nuestro deseos o anhelos de que las cosas cambien, lo que no significa que anulemos el debate.

Por el contrario, es la posibilidad que se presenta de ahondar esta cuestión y luchar para que se logre desmonumentar a todos los personajes de la oligarquía liberal-conservadora, partiendo del enfoque estrictamente historiográfico y ulteriormente analizar las condiciones políticas que dinamizan el presente y alcanzar esta meta.

(*) Ensayista. Integrante del Centro Cultural E. S. Discépolo y del Movimiento Universitario Evita de Misiones

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