San Martín y el Bicentenario
21 ago 2012 Notas semanales
Posadas, Misiones, Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Historia Nacional y Latinoamericana
Es este Bicentenario que atraviesa América Latina, el carácter histórico y político de la figura del General San Martín, símbolo indiscutido de la emancipación americana, adquiere una vigencia fundamental en este presente. El espectro ilustre construido a pelo y contrapelo de la historia argentina se ha convertido en una disputa por el sentido que recobra una importancia trascendental en este nuevo proceso por la Liberación Nacional. ¿Qué representa San Martín en estos 200 años de historia nacional?
“Ya no queda duda de que una fuerte expedición española viene a atacarnos, sin duda alguna los gallegos creen que estamos cansados de pelear y que nuestros sables y bayonetas ya no cortan ni ensartan; vamos a desengañarlos. La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos, si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos. La muerte es mejor que ser esclavo de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre o morir con ellas como hombres de coraje”.
José de San Martín
Mendoza, 1819
Por Maximiliano Pedranzini*
Para EL EMILIO
La figura de José de San Martín como la de muchos otros protagonistas de las revoluciones hispanoamericanas, ha estado sometida a la sala de operaciones de la historia oficial y no-oficial. Infinidades de interpretaciones, tanto historiográficas como políticas han ido circulando a lo largo del tiempo. Pero fue sin duda, uno de los personajes más significativos (y polémicos) de toda la historia argentina y latinoamericana, y que marcó a fuego los destinos políticos e ideológicos tanto de nuestro país como de América del Sur.
Es quizás, la batalla más importante la que debemos dar entorno a la inmensa representación histórico-simbólica que conlleva la vida de San Martín como el máximo prócer de la historia argentina, lugar en el coinciden la mayoría de las corrientes historiográficas. Ahondar el carácter más revolucionario que quiebra con el orden “marmóreo” del discurso historiográfico liberal es una tarea esencial en este nuevo momento histórico para los pueblos de la América Latina, que percibe a su vez una gran responsabilidad intelectual y un compromiso político articulado con un devenir que encuentra su brújula en este horizonte de liberación. Por eso se vuelve indispensable encontrar los lazos históricos que habitan entre la lucha de San Martín y el proyecto emancipatorio de la Generación de Mayo.
La ceguera historiográfica impuesta por la matriz liberal-positivista de Bartolomé Mitre y la Generación del ´80, construyeron una imagen tergiversada y por lo tanto falsa de los acontecimientos de la Revolución de Mayo: la invención del relato oficial proclamaba al proceso de Mayo como una independencia separatista con un marcado discurso antihispanista a favor del libre comercio, más precisamente con Inglaterra. El elemento que merodea entrelíneas en este relato es el del factor económico, subyacente en el entramado histórico por los intereses que ostentaba la élite oligárquica -a la que pertenecía Mitre- con el imperio británico tras los triunfos en la Batalla de Caseros en 1852 y finalmente con la de Pavón casi una década más tarde; y la consolidación de una arcaica estructura agroexportadora, condición que hacía necesaria la construcción de un relato que se encargue de dar función legitimadora a las acciones políticas y económicas de esta oligarquía liberal triunfante.
¿Si la Revolución de Mayo aparece como independentista y antiespañola? ¿No fue asimismo un proceso secesionista a los ojos de las oligarquías liberales en toda la región? ¿No es casualidad que dichos discursos historiográficos legitimados desde el poder por estas elites, hayan “olvidado” a los demás patriotas latinoamericanos por el simple hecho de no pertenecer al mismo suelo y no poseer la misma “nacionalidad”, reduciendo a la figura hegemónica y jerarquizada de un solo “prócer nacional”?
La construcción del rompecabezas a sangre y fuego que daría como resultados a los Estados-Nación modelo capitalista en América Latina, configuró el mapa balcanizador del continente a finales del siglo XIX, que conllevó a la producción de discursos historiográficos institucionalizados por medio del aparato estatal que hegemonizaron la vida social y pedagógica de los distintos países.
Este discurso producido desde las elites oligárquicas interpelaba a la sociedad, a la vez que la moldeaba a través de este esquema dominante. El carácter dominante del discurso historiográfico liberal ha impedido entender a la historia como un campo de batalla donde se dirimen los conflictos, en el que se hacen presentes los hechos y se confrontan las verdades. Su desentendimiento de la compleja dimensión social y la “inmortalización” cuasi-divina de los próceres, eran elementos que formaban parte de su impronta política.
Con la “invisibilización” de los sectores populares como protagonistas reales de la escena revolucionaria, Mayo expresaba el corolario del viejo orden colonial español y la aparición de uno nuevo, una nueva organización económica que estaba de moda por estos lares en pleno siglo de expansión capitalista. En este contexto de nuevas configuraciones: ¿Qué llevó a San Martín a retornar al continente americano? ¿Cómo se explica el fenómeno que lo impulso a dirigir el ejercito independentista antiespañol? ¿Por qué se reduce su figura a la del retrato idílico de retornar en 1812 a sus raíces abandonadas cuando era un simple infante?
En esto coinciden varias corrientes historiográficas que, variando sus caracterizaciones, encuentran un denominador común en la matriz propuesta por el mitrismo y la lógica constituida a partir de la consolidación del modelo oligárquico-liberal del “Granero del Mundo”. Pero a pesar del universo hermenéutico en el que navega San Martín, es imposible y absurdo disociarlo del proceso revolucionario de Mayo, y mucho menos de las revoluciones que habían tomado carácter hispanoamericano, en principio totalizador pero luego se desgranaría por la puja de los intereses que tenían las diferentes élites criollas devenidas luego en oligárquicas.
La consumación valorativa propuesta por corrientes historiográficas de distinta índole -principalmente por toda la tradición liberal- sobre el Padre de la Patria, proponen señalarlo como el paradigma épico del héroe individual, solitario frente al resto de los mortales subalternos imposibilitados de ser parte de ese relato mítico, que ponía por obra y destino de la providencia como figura central al héroe, que por obvias razones, se robaba toda la película y se coronaba con todos los laureles de tan gloriosa epopeya construida a partir de su figura por la historia oficial.
He aquí varios elementos primordiales para tener en cuenta en la elaboración de esta trama. Uno de los principales es el individualismo, germen característico de toda la tradición liberal. La exaltación de la figura del héroe individual como epicentro en el desarrollo del relato histórico nacional, pone de manifiesto el carácter utilitario de San Martín como eje constitutivo en la construcción de la historia oficial de la nación, tanto Argentina como sus reproducciones en toda América Latina. Sin duda, nuestra postura data de afirmar todo lo contrario. Aunque la ficción de los hechos hayan instalado en los libros de historia la idea de que San Martín retornó a América, en 1812, por el “llamado de las fuerzas telúricas”. El sentido más noble que convoca al Libertador a suelo americano es continuar con la lucha antiabsolutista que veía impedida en España por el avance napoleónico.
Las historias oficiales no están encerradas en cáscaras de nueces. Atraviesan por su fuerza dominante todos los rincones comunes de nuestra región que amalgaman por esas mismas raíces históricas un pasado en común, por lo que estos tipos de relatos construidos desde la hegemonía de la historiografía liberal son fácilmente impuestos en toda la sociedad y en sus instituciones encargadas de reproducir de manera sistemática y simultanea el orden del discurso oficial a lo largo del tiempo. El problema no es interpretar o criticar el relato en sí, sino el de perforar las capaz de sedimentación estructural impuestas por el discurso dominante y encarnadas profundamente en la conciencia de los ciudadanos.
Desmitificar esta narración sesgada e inverosímil que componen su estructura, implica en efecto, revisar todos los recovecos ocultos o poco explorados de nuestro pasado, y eso constituye la ardua tarea de construir y consolidar un nuevo edificio historiográfico en nuestro país y en todo el continente. Son quizás las celebraciones bicentenarias las que ponen en perspectiva como nunca antes en 200 años, la posibilidad de encarar nuestro pasado desde una mirada crítica que sirva para mitigar el viejo orden dominante de la historia liberal-conservadora que aún sigue vigente; donde que poco a poco se está logrando colocar en la arena del combate historiográfico, la posición subterránea del revisionismo histórico emergente en el umbral de este siglo XXI.
La Otra Historia pone sobre la mesa todo lo que la historia oficial ha ocultado o peor aún, lo que ha desvirtuado a través del poder de un relato infame creado con la arcilla de la mentira y la denigración de figuras populares a quien considera “malditos” y que debían ser demonizados, ya que éstos representan un estorbo en los planes la oligarquía. En los bordes de este sendero a caminado San Martín. Donde su figura está embarrada por las vicisitudes de una historia agitada y convulsionada, en el que el Libertador fue protagonista clave. Y ese protagonismo ha sido la base donde se erigieron las interpretaciones que colocaron las dimensiones del prócer, en el pedestal de bronce o en la crítica más despiadada que lo hundía en el desprestigio y la humillación por sus orígenes o por su concepción ideológico-política. Un ejemplo contundente de esto había sido su función como Protector del Perú, donde toma una serie de medidas que levantan el polvo de la lima: a) Elimina la servidumbre de los indios. b) Declara la abolición de la esclavitud y de la Inquisición. c) Da por terminado los castigos corporales. d) Decreta la libertad de expresión y la instrucción pública. Principios que estaban enmarcados dentro de las ideas progresistas de la época, muchos de ellos contemplados en la Asamblea del Año XIII. Esto inmediatamente causaría el repudio de la oligarquía limeña y de la Iglesia Católica -que aún tenía fuerte injerencia en el ex virreinato-, acusándolo de lo peor, desde tirano hasta de expropiador, celosa de cualquiera que viniera y les cercenara los privilegios que supieron ostentar desde los tiempos coloniales. Vayamos a otro breve ejemplo. La historia oficial tampoco nos narra sobre el odio que le tenía Rivadavia y los rivadavianos en Buenos Aires. Un odio de poder que lo perseguiría, como persiguió a Moreno, Belgrano y Castelli que representaban un proyecto político que estaba en las antípodas del hacedor del empréstito Baring Brothers y la ley de Enfiteusis.
Esto la historia oficial prefiere omitirlo de su heurística y contar el lado que más le conviene, que más le sea útil. Este es el caso del San Martín tardío, el del exilio en Francia que llevaría a la historiografía liberal a hacer una abstracción mitológica necesaria para legitimar su discurso. Su distanciamiento de la realidad que acontecía en Hispanoamérica y su aislamiento europeo, hacía más fácil la configuración de ese mito. Pues, los últimos días de San Martín son los que el mitrismo prefiere reivindicar y poner como estampa en los manuales de escuela. Ese San Martín anciano que despertaba la admiración y el beneplácito de tipos como Alberdi o Sarmiento por esa lucidez republicana que le hizo cruzar el charco y supo mantener hasta el final de su vida en Boulogne-sur-Mer. Ese recorte es el que le sirve, el que no entrega a San Martín como el prócer estoico e impoluto de enormes cualidades y atribuciones que lo vuelven un ser en tanto perfecto, inalcanzable. Un ser sobrehumano al que nunca le llegaremos a los talones, ni siquiera a la puntita. Esta más allá de nuestra imaginación terrenal. Esta es el concepto que han intentado imponer de San Martín. Desprovista de toda humanidad, de toda equivocación, de todo error. El primer paso metodológico que tiene que dar la historiografía es la de humanizar a los próceres. Mostrarle al pueblo que están hechos de carne y hueso, como todos nosotros. Lo demás, eso que horroriza y causa urticaria a los administradores de la historia oficial, es mejor ocultarlo en los sótanos de los archivos nacionales para que jamás sea encontrado.
Todas las corrientes ideológico-historiográficas han vertido sus opiniones sobre la figura de San Martín. Desde el liberalismo mitrista (proemio del relato fundador de su argumento historiográfico), pasando por el nacionalismo en todas sus versiones y la historiografía mosaica de la izquierda que lo aniquila por ser un impulsor de más que de la emancipación americana, de las relaciones capitalistas reflejo de su pensamiento liberal heredado de Europa. Por lo que merece ser duramente criticado hasta el hartazgo, llegando a la simple conclusión de que nuestro Padre de la Patria es un personero de la más rancia burguesía mercantil proimperialista. Trasladando mecánicamente la repulsión que tenía su mentor (Karl Marx) hacia Simón Bolívar, que luchaba por la emancipación en otras latitudes del continente americano. En definitiva, para la izquierda argentina, todos los próceres representan lo mismo, y si Marx criticaba con munición gruesa al fundador de la Gran Colombia y Libertador de Venezuela, eso quiere decir que tendría la misma opinión de los demás patriotas hispanoamericanos. ¿Qué hubiera dicho Marx desde la redacción del New York Daily Tribune de San Martín, Moreno, Belgrano, Castelli o Monteagudo? Bueno, no hacemos historia contra fáctica, ni somos cultores de ucronías para responder esto. Pero la izquierda hace este tipo de deducciones teóricas que lo llevan casi podríamos decir, a un suicidio historiográfico.
Por lo tanto, nuestros recordatorios o fiestas patrias terminan siendo el síntoma de un nacionalismo burgués que impide toda revolución, sea obrera o campesina. En la vasta y espesa selva historiográfica hay de todo. Si no tenemos un machete en mano, estos bichos raros pueden atacarnos en cualquier momento. Por eso debemos estar atentos y bien preparados. Con los pies firmes sobre la tierra, pero para eso debemos tomar una postura, una interpretación que consideremos la más adecuada para analizar su figura y el contexto histórico donde se desenvuelve. Y para eso intentaremos dar respuesta a estos interrogantes: ¿Por qué San Martín vuelve después de mucho a suelo hispanoamericano? ¿Qué proceso lo impulsa a retornar? ¿O simplemente es una cuestión del destino o de la divina providencia?
Como hemos vistos, San Martín regresa para continuar con el proceso de lucha contra el absolutismo monárquico, que vieron agotadas sus posibilidades de seguir dando pelea debido a que España había sido derrotada y sometida por el imperio napoleónico. San Martín veía con ojos de gran estratega, que la lucha debía continuar, pero del otro lado del Atlántico, en las colonias españolas que se encontraban en América. Y San Martín lo veía como una obligación seguir dando pelea porque los tiempos se lo demandaban y no quería dejar asignaturas pendientes, y menos en el campo de batalla. La guerra tenía que prolongarse y extenderse al territorio colonial. Es ahí cuando decide desembarcar en 1812. Y en el proceso se constituye la Logia Lautaro, donde incorpora -por medio de Monteagudo y los hombres que integran la Sociedad Patriótica- al grupo comandado por Mariano Moreno, quien lo consideraba una pieza clave en el mapa estratégico de la revolución por su papel trascendente en las jornadas de Mayo. Como así también daría su apoyo a las insurrecciones comandadas por Güemes en Salta y Pedro José Saravia y Álvarez de Arenales en el Alto Perú, quienes tenían un amplio consenso de las masas populares que San Martín veía con buenos ojos. Su inquietud e insistencia estaba en que se acatara la voluntad popular, porque sabía que sin el pueblo acompañando, difícilmente se alcanzarían los objetivos deseados.
Por esta razón, decide no apoyar el proyecto constitucional de ese año, ya que ésta les otorgaba a los diputados americanos una escasa representación, que San Martín veía necesaria para cristalizar los cambios políticos. Su visión iba más allá de los horizontes del Río de la Plata, donde la continuidad del proceso revolucionario no se acortaba en los límites del virreinato. Veía en Artigas, Bolívar, O`Higgins y Sucre no solamente aliados por la causa patriótica, sino líderes capaces de unificar y profundizar el proceso de liberación, a pesar de los rechazos internos con los que tenía que lidiar, ya que todos coincidían en que la América española era una sola y su lucha una sola, que se iba dirimiendo en diferentes puntos del continente. Esto de alguna manera se intenta llevar adelante en el encuentro cumbre de Guayaquil entre los dos libertadores el 26 de julio de 1822.
En consecuencia, pensar a San Martín es reflexionar sobre el sentido, tanto de la historia nacional como latinoamericana. No se puede concebir bajo ninguna circunstancia hermenéutica el derrotero histórico de Nuestra América sin la figura de San Martín, cardinal para ubicarnos en la contienda de ese pasado que le da forma y sentido a lo que somos y representamos los latinoamericanos como pueblo que empieza a reconocerse como uno solo y no como los retazos de una patria condenada a permanecer dividida y separada por disposición extranjera.
Sin embargo, es el presente el que nos retrotrae a San Martín, para que desde este presente bicentenario lo interpretemos y le demos un nuevo valor, quizás ese valor que siempre tuvo, pero queda en las subjetividades políticas de ese tiempo que lo convoca, más que en discutir vanamente si San Martín era esto o aquellos, si iba para aquí o para allá. Es desde el presente donde cobra vida, para sintetizar simbólicamente un proyecto político. Para que su figura sea el reflejo de ese nuevo proceso que lo llama. Tal como lo han hecho quienes convocaron el oráculo de Delfos de la historia patria para justificar sus políticas presentes, como lo hicieron Mitre, Generación del `80, la oligarquía del primer Centenario o el peronismo. En fin, todos los convocan, independientemente de sus posiciones ideológico-políticas, sean buenos o malos, eso lo juzgará la historia, no como fuerza sobrenatural, con dotes mágicos, sino la historia como esa arma del presente. Ergo, pensar en San Martín es pensar en el devenir, pero por sobre todo es pensar en el porvenir de una Patria Grande Latinoamericana Unida hacia el camino de la Liberación Nacional.
(*) Ensayista. Integrante del Centro Cultural E. S. Discépolo y militante del Movimiento Universitario Evita de Misiones.
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LOS FABRICANTES DE FÁBULAS
21 ago 2012 Notas semanales
C.A.B.A., Argentina, UNASUR-CELAC, EL EMILIO, Política y medios de comunicación
Fuente: nacionaypopular.com
Vivimos rodeados por vendedores de certezas en los medios hegemónicos y se extiende como una epidemia la enfermedad de la simplificación.
Por Alberto Daneri
N&P
Los socios de la dictadura quisieron empañar la trayectoria de Víctor Hugo Morales.
Eligieron mal. Y les falló el plan.
La gente no admite ya que el muerto se asuste del degollado.
Vivimos rodeados por vendedores de certezas en los medios hegemónicos y se extiende como una epidemia la enfermedad de la simplificación.
Sucede que a la oposición no le inquieta que el Imperio agresor ocupe mil bases en este planeta.
Ni le preocupa que hasta 2003 los derechos de las mayorías fuesen vulnerados.
Para muchos mendaces hombrecitos de polvo del periodismo la democracia es solamente para las corporaciones, excluye al pueblo.
Y prosigue su cotilleo en la tevé.
Allí vale la falsa sonrisa y sublimar más y más la bajeza para manipular a la opinión pública.
Por otro lado, la falaz pluma del periodismo de derecha revela que se extendió la corrupción moral de un despotismo democrático ilustrado.
Pretende engañar y dividir al pueblo.
Estamos rodeados de hipócritas periodistas que se plagian.
Lo cierto es que dicen lo mismo, como un eco.
En cambio, Victor Hugo no renuncia a emplear su arma natural (la palabra), porque gracias a ella ofrece otras armas valiosas: un puñado de verdades.
Ante la infame agresión que sufrió, nadie digno se quedó callado.
Hoy pocos ignoran que los medios hegemónicos detestan a cualquier proyecto nacional y popular. Utilizan eufemismos, difaman.
Esconden sus trapos sucios bajo la alfombra y sonriendo quieren recolonizarnos.
Saben que la opinión pública fluctúa en ciclos, como los países.
Hábiles para ofrecer políticas que favorecen sólo a los ricos, en lugar de informar repiten una falacia hasta el hartazgo, el panfleto cobra vida y algunos lo creen cierto.
Abundan los artistas sin arte.
No aman pensar y se dedican al rol donde pueden fingir: el periodismo.
En esta sociedad regida por las denuncias altisonantes no cuenta la verdad sino lo que se dice sobre el otro, el chisme autocreído.
Anhelan expandir el miedo, ese cáncer burgués.
Pero un buen periodista aúna a su curiosidad intelectual la obstinación independiente, y parte de la convicción de que la pretendida objetividad es una falacia.
Quien lo niega es, sin duda, un mediocre.
El periodista no debe ser un simple anotador de noticias sino un historiador de los hechos cotidianos, mientras une la fe del idealista con la veracidad al investigar.
Sin presumir de neutral, porque eso no existe sino en las malas conciencias.
Decía el escritor Gore Vidal que en EE.UU. “mandan las grandes multinacionales”. Y que la derecha rehúsa “dedicar el dinero a cuestiones tan frívolas como la educación o la salud”.
Si bien falta mucho camino aún, a la derecha las políticas antisistema de Cristina la crispan.
Y más aún la aparición de cierta juventud crítica que aplaude esas posturas. Juventud a la que el monopolio intenta confundir con su dosis diaria de información, tras convertirla en chismosa literatura basura.
No soporta que las víctimas hayan salido de su sopor, pues vende la imagen de un gobierno corrupto mientras disfraza su propia corrupción.
La historia dirá que los Kirchner fueron héroes por enfrentar al FMI y a multinacionales a las que es difícil controlar y menos castigar por su rol depredador: deciden elecciones, ganan licitaciones y con presiones se eximen de pagar impuestos.
Es usual que el alquiler de congresistas y jueces por las privatizadas lo velen algunos monopolios de comunicación mediante historias banales.
Evitan discutir las cuestiones reales que afectan a la gente.
Así la distraen.
Porque es sabido, según Gore Vidal, que “la política real está limitada a quien recauda, qué dinero, de quién, y para ser gastado por quién y en qué”.
Los amos exigen obediencia a los gobernantes; no los toleran si lesionan su máquina de ganar plata.
En el caso de hacerlo, se apresuran a manchar sus reputaciones.
Si un buen presidente quiere un nuevo mandato, gastan lo necesario para hundirlo.
No aceptan que alguien frene el torrente de oro que llega a sus bolsillos.
Y si este Gobierno, en defensa propia, avala un programa como 6,7,8, lo acusan de usar los dineros públicos.
Pero nadie dice nada sobre la radio de la Ciudad, que sólo da noticias a favor del PRO.
El odio que Cristina y Kirchner generan en la clase alta y parte de la media revela que su labor ha sido óptima.
Cualquiera que ayude a los “cabecitas negras” será odiado por esa gente.
También odia a cualquier mujer demasiado brillante para ella.
Es gente que, si tiene ética, la ocultó en la parte de atrás de su cerebro.
Y allí la eterniza.
Aunque uno no lo quiera, las chicanas opositoras a este modelo no debaten ideas, pues carecen de ellas o son burdas.
Procuran el beneficio económico como regla de vida, la defensa de las multinacionales y del empresariado y la negación de los derechos de los trabajadores.
Algo totalmente naíf, apto sólo para el país devastado previo al 2003.
Su manera de contar las cosas es libresca y normalmente lo que dicen no es cierto.
La gente se basa en lo que le cuentan, pero no logra contextualizar en un instante lo que lee, ve u oye.
Lo cree, sin más.
Pero eso es lo que uno ve o escucha, una real tergiversación de la realidad: no es lo que ocurre.
A la larga, las cosas no se pueden ocultar (los 300 canales de cable del monopolio, cuando el máximo admitido es 24) y tarde o temprano se saben.
Hoy las noticias se basan esencialmente en la imagen y no en el pensamiento razonado.
Los medios visuales aumentan la idiotez colectiva.
Los Kirchner jugaron su futuro a una moneda: la inclusión.
Con el modelo actual, mañana las nuevas generaciones tendrán motivos para reconciliarse con su condición de personas libres e iguales.
Y si uno intuye que la gente posee la fe que lleva a la esperanza, no tiene derecho a sentirse escéptico.
El kirchnerismo dio a su tarea un sentido humanista a que cuestionó las administraciones previas y lo situó del lado del más débil.
Ahora un grupo de altavoces antikirchneristas que colaboraron con Néstor (Alberto Fernandez, Moyano) iniciaron una campaña sucia.
Para atomizar el cristinismo, alegan que ya la presidenta no sigue el rumbo de Kirchner.
Anhelan trocarla (como decía de sí misma Marta Gellhorn, esposa de Hemingway) “en una nota a pie de página en la vida de otro”.
Pero a ninguno escapa que Cristina es no sólo la continuidad de Kirchner, sino que amplió la inclusión.
En medio mundo analizan estas políticas en cuestión, no existe ceguera.
Y cada decisión de la presidenta conduce a otra, porque no es una mujer que se arredra y le prometió a su marido “no hacerle pasar vergüenza”.
Uno elige el lado que anhela defender, definió Víctor Hugo.
A su vez, el ajuste que promueven editorialistas y economistas opositores llevaría a la recesión, mientras Cristina procura el consumo y el crecimiento.
Los Kirchner apostaron a un paradigma: “darse al otro para ser uno”.
Negocian con las elites económicas, pero son inflexibles con los codiciosos. Según algunos todo se compra, incluso las convicciones.
Pero Cristina lo niega: sabe que para quitar el polvo del espejo hay que usar el plumero.
AD/ •Escritor y periodista
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