SIETE PALMOS DE TIERRA Y UN CAJÓN

“La religión como supervivencia
apenas modificadas de supersticiones
nacidas en edades de tinieblas,
de ignorancia y de miedo,
significa la conspiración permanente
del pasado más arcaico contra el porvenir,
esto es,
la peor zancadilla en el camino del ascenso del hombre.”
Luis Leopoldo Franco
(Pensador catamarqueño)

Por Pedro del Arrabal

Cuando uno lee a Josue de Castro, autor entre otras geniales obras de “El Libro Negro del Hambre” comienza a comprobar, a sentir en la imaginaria propia carne, la humillación, el dolor padecido por miles, millones de compatriotas latinoamericanos desde que Europa apareció en América. Se trata de la parte más miserable, y por ello la más escondida, de nuestra historia; de esa historia que nunca llegará a nuestras aulas.

La desalmada explotación del hombre por el hombre, fue el más perverso invento de la civilización “Accidental y Cretina”, como bien se lo denominó en algún artículo de esta publicación. La evolución del pensamiento, apropiado por unos pocos, y los paulatinos avances que esto permitía en relación al mejoramiento de la calidad de vida de esos pocos, comenzó a ser el caldo de cultivo para la aparición del fenómeno de la explotación del hombre por otros hombres. Y se la justificó como el costo que debía pagar cierta parte de la humanidad en nombre del avance de la cultura civilizadora.

Cultural y erróneamente se la llamó “Occidental y Cristiana” a partir de la creencia que existía en muchos de los intelectuales que habitaron y se formaron en esos suelos, quienes supusieron que el pensamiento racional y espiritual había nacido en esa Europa que los vio nacer.
Hablo de ese territorio poblado por bárbaros que cobijó por siglos la más feroz de las violencias. Territorio cuyos habitantes padecieron esa violencia como parte de la vida misma, y la incorporaron como un valor más, como algo natural y necesario. Territorio que padeció la “oscuridad mental” hasta que llegó a la gran Grecia la iluminación de oriente para encender sus neuronas.
En realidad es “Occidental” por accidente, y lamentablemente “Cristiana”, en el mejor de los casos por equivocación. En realidad las instituciones cristianas -especialmente las católicas- siempre sirvieron para dar cobertura justificatorias a las más feroces atrocidades. Instituciones que las taparon con el manto de una falsa moral, u operaron como “pilas” lavadoras de conciencia. Recuerden todas las tropelías y vejámenes que se cometieron en ese “viejo” (y no por viejo, sabio) continente, contra hermanos de especie. Se lo hizo en el nombre de Dios (las cruzadas; la “santa” inquisición); y en nombre de la evolución, la ciencia y el progreso. Hasta las riñas entre dogmas religiosos, o entre algún dogma y los blasfemos científicos se llevó a más de un humano para el mundo de lo desconocido.

En todo caso, y sin dejar de cometer una torpeza, uno podría decir que a Europa se la podría considerar también como “Cuna de la violencia”. Pero como dice Enrique Pinti, “Los europeos, más que cuna tuvieron cama; redondas, cuadradas… de todo tipo. Todas las degeneraciones las inventaron los europeos”(los griegos dice Pinti en su monólogo).
Dejando de lado estás semi-verdades narradas en un espectáculo por este actor argentino, no cabe ninguna duda que a la violencia ejercida por europeos la padecieron los Australianos, los Africanos, los Orientales y los Americanos. Y si no les alcanzó con eso, por una cuestión de codicia, la fabricaron y se la infringieron a ellos mismos en sus luchas internas. Las dos grandes guerras (la 1ra y la 2da), sin dejar de lado la guerra de los Balcanes, son algunas muestras y descarnados ejemplos de esa contemporánea violencia.
¡Y que otra cosa podían hacer que no sea trasladarla a todos los lugares del mundo que soportaron sus conquistas!
Nuestros lejanos parientes americanos -los primeros habitantes de estas tierras- la padecieron; y sus sobrevivientes la siguieron y siguen padeciendo aún hoy.
Esa violencia de todo tipo, y hasta despectiva para con los que consideraron y consideran “inferiores” ya está instalada; lo hicieron culturalmente. Y los que la padecen tomaron hasta las creencias y supersticiones que los victimarios sembraron, también culturalmente, en estas tierras.
La muerte es un regalo de Dios, les dijeron, con el cual se puede entrar en un imaginario paraíso. Pero se olvidaron aclararles que para poder acceder a esa “gloria” debían soportar y padecer muchas penurias “en este valle de lágrimas”; y que ellos eran los responsables de controlar que el tránsito por dicho “valle” se cumpliera; inexorablemente. Vienen a ser algo así como los antiguos “Césares” romanos haciendo cumplir los mandatos cristianos: Los del “valle” tienen que dar “al Cesar lo que es del Cesar (todo lo que a esta casta les ayuda a disfrutar más y mejor de este paraíso terrenal) y a Dios lo que es de Dios (el resto, o sea padecimientos: miseria, hambre, explotación; todo lo que le queda a ese resto de humanos para soportar en este “valle de lagrimas”, única manera de conseguir la llave que aparentemente les permitiría abrir la puerta del cielo)”

Sin tener que profundizar mucho en este tema, uno descubre que al valle de lágrimas lo fabricaron y fabrican los que tienen la suerte de vivir en el actual paraíso terrenal. Y lo hacen sin ningún cargo de conciencia en cuanto al perverso manejo que hacen del “valle”; y sin pagar costo alguno por el disfrute del que gozan en este paraíso… que es nuestro planeta.
¿Paradoja del pensamiento y el sentimiento cristiano? ¡Vaya uno a saber!
Todavía hay tiempo para descifrarla y resolverla.
Por eso, y para que conozcan como se instalan ciertos valores, como se alimentan ciertos sentimientos, los dejo en compañía de este gran escritor latinoamericano.

Pedro

SIETE PALMOS DE TIERRA Y UN CAJÓN¹

“Aquí ningún muerto
lleva cajón.
Por eso no se los entierra,
se los echa en la tierra”

“En 1955, JOÃO FIRMINO, aparcero del Ingenio Galilea, fundaba la primera de las Ligas Campesinas en el Nordeste brasileño. Su objetivo principal no había sido, como muchos pensaron, mejorar las condiciones de vida de los campesinos de la región azucarera, o defender los intereses de esos bagazos humanos, golpeados por la rueda del destino como la caña es triturada por la molienda en los ingenios de azúcar. El objetivo inicial de las Ligas fue defender los intereses y los derechos de los muertos, no de los vivos. Los intereses de los muertos de hambre y de miseria: los derechos de los campesinos muertos en la extrema miseria de la bagaceira. Y para que tuvieran derecho a disponer de siete palmos de tierra donde sus huesos descansaran, derecho a que el cuerpo bajara a la tumba dentro de un cajón de madera que les perteneciese, para pudrirse lentamente en el ataúd, en la eternidad. Para esto fueron fundadas las Ligas Campesinas. En un principio tenían mucho más que ver con las muerte que con la vida, tal vez porque la vida no les preocupaba mucho… Apenas resignarse. Resignarse al hambre, al sufrimiento y a la humillación. Sin embargo, si ya no existía interés en esa gente para luchar por la vida – para luchar por una vida mejor y más decente- ¿por qué ese obstinado empeño en reivindicar derechos en la muerte? ¡Reivindicación de muertos que nunca tuvieron derechos en vida! ¿Por qué esta delirante aspiración de poseer después de muerto siete palmos de tierra, de parte de quien en vida no dispuso, para sí mismo, ni siquiera de una pulgada de suelo, porque casi todos integraban los inmensos batallones de los sin-tierra que pueblan el Nordeste brasileño? ¿Y por qué esa desesperación por poseer un cajón propio para ser enterrado, cuando en vida esos desenterrados de la suerte nunca fueron dueños de nada, ni de tierra, ni de casa, ni de su propio cuerpo y de su propia alma, alquilados de por vida a los señores de la tierra? ¿Por qué esta conducta aparentemente tan extraña, tan en contradicción con el conformismo, la apatía, la resignación de esos pobres desdichados? Todo esto sólo tiene sentido cuando la gente comprende que, para los campesinos del Nordeste, la muerte es lo que cuenta; no la vida, dado que prácticamente la vida no les pertenece; de ella nada sacan fuera de su sufrimiento, del trabajo agotador y de la eterna incertidumbre del mañana; de la constante amenaza de la sequía, de la policía, del hambre y de la enfermedad. Para ellos sólo la muerte es cosa cierta, segura, garantida; un derecho que nadie les quita: su derecho a escapar un día por la puerta de la muerte del cerco de miseria, de las injusticias de la vida.
Todo lo demás es incierto, improbable o imposible. De ahí el interés del campesino del Nordeste por el ceremonial de la muerte, que considera como el de su liberación frente a la opresión y al sufrimiento de la vida. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”, dicen las Sagradas Escrituras; palabras consoladoras para quienes desde hace mucho perdieron toda esperanza de conquistar un lugar decente en los reinos de la tierra.
La larga experiencia de más de cuatro siglos de un régimen agrario de tipo feudal – implantado allí por los colonos portugueses bajo la forma de latifundio esclavista, productor de azúcar- y la resistencia invencible de este régimen a ceder a cualquier exigencia o reivindicación de los campesinos para mejorar algo sus trágicas condiciones de vida, acabaron por dar a esta gente el sentimiento de la inutilidad de cualquier esfuerzo por salir del atolladero de su miseria. La poesía popular, los “abecés” de los payadores, la tradición y la historia, siempre recordarán las antiguas rebeliones campesinas como la “Bailaida”, “La República de Palmares”, “Canudos”, en las cuales campesinos desesperados lucharon heroicamente contra los amos prepotentes. Los cantores del pueblo exaltan constantemente el valor indomable de los jefes populares sacrificados durante las violentas sacudidas de la represión. ¿Pero para qué sirvieron todos esos esfuerzos y toda esa violencia? Para nada.”

Josué de Castro*

*Médico; escritor Brasileño nacido en Recife. Autor de 25 obras literarias vinculadas a la real problemática social y ambiental de nuestro sub-continente.

¹Fragmento del Capítulo del mismo nombre, de su obra titulada “Una Zona Explosiva en América Latina”

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